Casi todo lo que se cuenta sobre censura en Cuba termina mal. Este artículo no.
Cuando el régimen bloqueó WhatsApp, Facebook, Instagram, Telegram y Signal después del 11 de julio de 2021, la idea era simple: cortar los canales por los que salían las imágenes de las protestas. Y falló. Alrededor de un millón y medio de cubanos siguieron saliendo igual.
Los números
La empresa canadiense Psiphon registró 1.389.000 usuarios conectados desde Cuba a través de su red el jueves siguiente a las protestas, y 1.238.000 al mediodía del viernes. Esa cifra de aproximadamente 1,4 millones equivale a cerca del 20% de todos los internautas cubanos.
Y movieron datos de verdad: más de 600 terabytes desde el domingo de las protestas.
Uno de cada cinco cubanos con internet, en cuestión de días, instaló y usó una herramienta de evasión. No fue un grupo de activistas experimentados. Fue gente normal que quería ver y contar lo que estaba pasando.
Cómo funciona, para quien quiera entenderlo
Psiphon no es un producto milagroso: es una red gestionada de servidores intermedios combinada con varios protocolos de túnel a la vez, entre ellos VPN, SSH y proxy HTTP. El cliente elige dinámicamente por dónde salir según lo que funcione en ese momento.
Lo interesante, técnicamente, es lo otro: la ofuscación del tráfico. El sistema está diseñado para que sus conexiones sean difíciles de identificar, imitando tipos de tráfico web comunes o directamente pareciendo bytes aleatorios circulando por la red.
Y ahí está la clave del asunto. Un bloqueo se aplica sobre algo reconocible: un dominio, una dirección IP, una firma de protocolo. Si el censor no consigue distinguir tu tráfico del resto, no puede bloquearlo sin bloquearlo todo. Por eso Psiphon sobrevive tanto a la manipulación de DNS como a la inspección profunda de paquetes.
Existe desde 2007, lo desarrollaron investigadores universitarios canadienses, la compañía está en Toronto y recibe financiación del gobierno estadounidense. Ese último dato es público y hay que decirlo, porque el régimen lo usa como argumento. También hace falta recordar lo que no cambia: quien lo instaló aquellos días no lo hizo por geopolítica, lo hizo para poder mandar un video.
Lo que esto demuestra, y lo que no
Demuestra que el bloqueo de plataformas es una barrera baja. Un millón y medio de personas la saltaron en días, sin formación técnica, en un país con internet caro y lento. Cuando la gente tiene una razón suficiente, encuentra la manera.
Pero no hay que sacar la conclusión equivocada, y aquí vuelvo a lo de siempre. Psiphon resuelve el problema del acceso: te devuelve la conexión a lo que estaba cortado. No resuelve el problema de la exposición: no borra lo que publicaste con tu nombre, no protege tu teléfono si te lo confiscan, y no impide que alguien de tu grupo te delate.
Volver a tener acceso y estar a salvo no son la misma cosa. Confundirlas es exactamente el error que puede costar años de cárcel, como conté en el primer artículo de esta serie.
Dicho eso, la cifra sigue siendo la mejor noticia de esta serie. En julio de 2021 el Estado cubano decidió que once millones de personas no debían poder contar lo que veían. Un millón y medio le dijo que no.
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