Serie «Historia de Cuba» · Temporada 2, episodio 3

El 8 de enero de 1959, en el campamento de Columbia, Fidel Castro se volvió hacia Camilo Cienfuegos en mitad de un discurso y le preguntó: «¿Voy bien, Camilo?». La versión taquigráfica oficial recoge la pregunta y, entre paréntesis, lo que vino después: «(EXCLAMACIONES DE: “¡Viva Camilo!”)». La respuesta que hoy repite el Estado, «Vas bien, Fidel», no está en el documento. Está en la memoria oficial, que la añadió después.
Nueve meses más tarde, el 26 de octubre, Castro pidió desde el Palacio Presidencial que la multitud levantara la mano: «¡que levanten la mano los que opinen que los traidores como Hubert Matos merecen la pena de fusilamiento!». El taquígrafo anotó: «(EXCLAMACIONES DE: “¡Paredón!” y “¡Fusilamiento!” CON LAS MANOS EN ALTO)». Huber Matos, comandante de la Sierra y jefe militar de Camagüey, llevaba cinco días preso en El Morro por haber renunciado por carta. Camilo, que lo había detenido, estaba en la tribuna. Dos días después, Camilo desapareció en un avión.
Este episodio va de ese mes. Va de una carta, de una palabra y de un avión. Y tiene una regla que me impuse antes de escribir una línea, porque es el tema con más leyenda de toda la serie: separar lo que está documentado de lo que se sospecha, y decir en cada caso cuál es cuál. Donde hay documento, lo enlazo. Donde hay testimonio de una sola persona, lo digo. Donde no hay nada, lo digo también, aunque sea lo que me gustaría que fuera verdad.
Lo que fue
Huber Matos era maestro. Nació en Yara en 1918, se hizo maestro normalista y doctor en Pedagogía, y en marzo de 1958 le trajo a Castro, en un avión desde Costa Rica, un cargamento de armas. El Che lo escribió en sus Pasajes de la guerra revolucionaria con una ironía que no envejeció bien: un arrocero que «vino convertido en héroe en el avión que trajera unas armas desde ese país; su nombre: Hubert Matos». Mandó la Columna 9 y en enero de 1959 recibió Camagüey. La embajada de Estados Unidos lo anotó ese mismo mes, sin más adjetivos: enviado «a tomar el mando de las fuerzas militares del 26 de Julio en la provincia de Camagüey».
En julio de 1959 quiso irse. Lo cuentan los dos lados y en eso coinciden: Matos dijo en 2011 que le planteó a Castro su renuncia por el comunismo en el gobierno y que Castro le contestó que Raúl sí quería «llevar el país a un proceso comunista», pero que él no era comunista. Castro, en el juicio de diciembre, contó la misma conversación a su manera: «No te preocupes, esto no tiene importancia, sigue trabajando», y otra vez el 27: «sigue trabajando». Lo dijo bajo juramento, según la traducción de su testimonio que conservó el Gobierno de Estados Unidos, porque el archivo oficial cubano de discursos no incluye lo que Castro dijo en aquel juicio.
El 19 de octubre Matos escribió la carta. Está íntegra, y conviene leerla entera, porque no es lo que el Estado cuenta que es. Empieza pidiendo la baja «por conducto reglamentario» y sigue con tres razones. La primera: «no deseo convertirme en obstáculo de la Revolución y creo que teniendo que escoger entre adaptarme o arrinconarme para no hacer daño, lo honrado y lo revolucionario es irse». La segunda, el comunismo: «todo el que haya tenido la franqueza de hablar contigo del problema comunista debe irse antes de que lo quiten». La tercera, una petición: «dígase adónde vamos y cómo vamos, óiganse menos los chismes y las intrigas, y no se tache de reaccionario ni de conjurado al que con criterio honrado plantee estas cosas». Y el final, que es el título de este episodio: que se le permita «regresar a mi casa en condición de civil sin que mis hijos tengan que enterarse después, en la calle, que su padre es un desertor o un traidor».
Pidió no ser llamado traidor. Se lo llamaron antes de que amaneciera dos veces.
La primera vez fue por radio. La mañana del 21 de octubre, las emisoras de Camagüey empezaron a repetir que dos capitanes, Orestes Valera y Jorge Enrique Mendoza, denunciaban a Matos como «traidor a la revolución». Lo sabemos con hora porque la embajada de Estados Unidos lo telegrafió a Washington ese mediodía: el telegrama 876 dice que las emisoras lo llamaban «traidor y cobarde, con miedo de Trujillo», que Castro y Camilo habían llegado de madrugada y tomado las radios, que la población de la ciudad y el propio Movimiento 26 de Julio local «apoyaban sólidamente a Matos», que Matos había entregado las armas y que la causa de fondo era su convicción de que el INRA estaba «bajo control comunista». El agente consular que informaba llamó a la campaña radial «demagogia innecesaria». Es un documento hostil a Castro, y aun así hay que leerlo como lo que es: lo que oyó un funcionario estadounidense desde Camagüey, no un acta. Pero dice algo que choca de frente con lo que Castro diría horas después: que los funcionarios civiles quisieron renunciar en apoyo de Matos y que Matos «los disuadió diciendo que el acto dañaría la revolución». Castro, a la una de la tarde, lo acusó de haber preparado justo lo contrario, una «renuncia en masa» de oficiales para «crear un estado de anarquía».
La segunda vez fue Castro en persona, a la una de la tarde, en el campamento Agramonte. La versión taquigráfica oficial está en línea y es el documento central de este episodio, porque en ella Castro hace algo que no volvió a hacer: lee la carta de Matos en voz alta, casi entera, con comentarios («El preparó una cartica para la publicidad»), y luego lee su propia respuesta escrita, fechada la tarde anterior: «Creo que si alguien ha sido desleal ese eres tú. Mi defecto o mi falta en este caso no ha sido deslealtad o injusticia, sino tolerancia». Y: «Puesto que tu decisión de renunciar es irrevocable, el Comandante Cienfuegos recibirá el mando». Después vino la frase que resume el método: «Más que traidor, lo primero que lo llamaría es ingrato». En ese discurso Castro dice «Matos» dieciocho veces, «traidor» diez y «ingrato», con sus derivados, dieciocho. Y estrena en Camagüey una fórmula que ya había usado en julio contra Díaz Lanz: «¡Y hombres puede haber traidores, pero no pueblos!».
Hay dos cosas en esa lectura que no se ven si uno no pone la carta al lado de la taquigrafía. Castro saltó el párrafo en que Matos escribe «si después de todo esto se me tiene por un ambicioso o se insinúa que estoy conspirando, hay razones para irse». Y cortó la última frase justo antes de «sin que mis hijos tengan que enterarse después, en la calle, que su padre es un desertor o un traidor». Puede ser edición del taquígrafo o del orador. En cualquier caso, el texto oficial no la recoge. Matos, por su parte, escribió en sus memorias que Castro citó «malévolamente sólo un párrafo». Tampoco es verdad: leyó casi toda la carta. Ninguno de los dos contó la lectura como fue.
La detención no tuvo un solo disparo. En eso coinciden Granma, que en 2022 celebra que Camilo «abortó la conspiración del traidor Hubert Matos sin disparar un solo tiro», y Matos, que en el juicio dijo: «No se disparó un tiro, nadie desenfundó un arma, no se acudió a violencia alguna». Lo que no coincide es la frase de Camilo en el cuarto de Matos. La versión oficial de hoy, en EcuRed y en Granma, es «te detengo por alta traición». El escolta de Camilo, Manolo Espinosa, cuyo testimonio publicó Cubadebate en 2009, la recuerda sin esa palabra: «Hubert, yo, como jefe del Ejército Rebelde, asumo el mando de la provincia, estás preso». Y Matos, en sus memorias, recuerda a un Camilo que pide disculpas y dice «yo no veo muy claro esto». Tres versiones, ningún acta. Lo único seguro es que nadie disparó.
Esa misma tarde del 21, un avión pilotado por Pedro Luis Díaz Lanz, el exjefe de la fuerza aérea que había desertado en junio, sobrevoló La Habana lanzando volantes. Hubo dos muertos y decenas de heridos. Castro habló de «bombardeo». La embajada de Estados Unidos investigó y concluyó, en un despacho del 12 de noviembre, que las heridas no las causó ningún avión, sino «fuego del gobierno y granadas lanzadas desde autos». Ese vuelo, que Matos no organizó ni conocía, le dio a Castro lo que necesitaba: juntar en una sola frase a Díaz Lanz, a Urrutia y a Matos. «Ya los “tres mosqueteros” cayeron», dijo en Camagüey.
La palabra que llegó después
La palabra de este episodio es «traidor», y lo primero que hay que decir de ella es que no nació con Matos. Ya tenía molde. El 12 de julio de 1959, contra Díaz Lanz, Castro había dicho: «hombres puede haber traidores, ¡pero pueblos no puede haber traidores!». La frase pasó a Camagüey el 21 de octubre, y de ahí a Camilo, que la firmó al día siguiente en una nota al diario Adelante: «hombres habrá traidores, pero pueblos no, y menos Camagüey». Hoy Granma la atribuye a Camilo como si fuera suya. Es de Fidel Castro, y de tres meses antes. Es la misma mecánica que en el Escambray, donde «bandidos» llegó años después de los hechos: aquí la palabra llegó en una noche.
Leí las versiones taquigráficas oficiales de todos los discursos de Castro de octubre a diciembre de 1959, que el propio Gobierno de Cuba publica, y conté cada palabra con su plural, sin derivados. El 21 de octubre en Camagüey: diez «traidor», siete «traición». El 26 de octubre en el Palacio: veintisiete «traidor», diez «traición», siete «cobarde», cinco «desertor», y la consulta a mano alzada. Después, el nombre se apaga. El 18 de noviembre es «un traidorzuelo como el de Camagüey»; el 21, «ese dirigente de Camagüey»; el 27, «un simple traidor»; el 30, en Santiago, «el señor traidor Hubert Matos», la última vez que lo nombra en la tribuna ese año. En diciembre, el mes del juicio, no lo nombra ni una vez.
Y hay una palabra que Castro no dijo nunca en esos discursos: «sedición». Cero veces en nueve versiones taquigráficas. La sentencia fue por sedición. La palabra del expediente y la palabra de la calle no fueron la misma: una servía para condenar y la otra para que la gente levantara la mano.
El 26 de octubre hablaron cinco. Castro pidió la mano alzada. Raúl Castro, según el resumen que hizo la embajada de Estados Unidos, dijo que en julio el pueblo había denunciado a «un traidor, el presidente Urrutia» y que ahora denunciaba «a otro traidor: el comandante Hubert Matos», y remató con una frase que no necesita comentario: «no matamos, no torturamos, no ofendemos, pero fusilamos». El Che habló de un comandante que «tomó el camino de la traición» disfrazado «con el ropaje del anticomunismo». Y Camilo dio su último discurso. Dijo «por cada traidor que surja, habrá mil soldados rebeldes que estén dispuestos a morir». No dijo el nombre de Matos. Lo anotó ese mismo día la embajada: «No mencionó el nombre de Hubert Matos». Y lo confirma, sin querer, Cubadebate, que en 2009 tuvo que explicar que fue «una clara alusión».
Sobre lo que Camilo dijo de Matos en Camagüey circula en el exilio una tríada, «cobarde, traidor, inmoral», que no está en ningún texto, ni oficial ni de fuera. Pero el ataque existió, y la prueba la publicó el propio Estado: en 2019 Cubadebate puso en línea, «gracias a la cortesía del Instituto de Historia de Cuba», el audio de veintiún minutos del discurso de Camilo en el Teatro Agramonte la tarde del 21 de octubre, titulado por ellos «Camilo en Camagüey denuncia la traición de Hubert Matos». No hay transcripción oficial; la que sigue la hicimos nosotros de la grabación, con el minuto para que cualquiera lo compruebe. Camilo dijo que «hace meses» sabían de «un compañero que no era fiel a la revolución» (minuto 2); que hay hombres que en la hora difícil «flaqueen», «débiles», «cobardes», «ambiciosos», y que «el comandante Huber Matos se había entregado a una mala causa» (minuto 4); que arrastró «engañados» a compañeros que no sabían «de la actitud indigna de Huber Matos» (minuto 5); y, casi al final, que Matos «como jefe del ejército me hizo una sola visita y nunca me planteó problemas de ningún tipo», pero se reunía con Díaz Lanz y fue a proponerles a los comandantes Almeida y Calixto García «proposiciones indecorosas», «para en un futuro inmediato emplazar a Fidel» (minuto 18). «Cobarde» y «ambicioso» están, en plural y en lista; «traidor» lo dice de otros; «inmoral» no lo dice. Y anunció la carta: «mañana todos ustedes la verán por televisión». El hombre que, según Matos, le pedía disculpas en privado por la mañana, lo llamó indigno en un teatro por la tarde. Una de las dos cosas está grabada.
El juicio
El juicio empezó el 11 de diciembre de 1959, no en La Cabaña, como se repite, sino en el cine-teatro del campamento de Columbia, con unos mil quinientos oficiales sentados en las lunetas por orden de Castro. Lo cuenta Matos en el capítulo de sus memorias que publicó Letras Libres y lo confirma la revista TIME de aquella semana, que añade un detalle que dice mucho: cuando Matos entró, un grupo de soldados rebeldes lo aplaudió, «y fueron apresados y llevados a que les afeitaran las barbas por su impertinencia». El tribunal eran cinco comandantes, con Sergio del Valle de presidente y Jorge «Papito» Serguera de fiscal. Los acusados dormían en El Morro.
Raúl Castro testificó el 13 de diciembre y, según Matos, agitó ante el tribunal «un saco de nylon transparente con muchos papeles adentro»: cheques. Fidel Castro testificó el 14, con micrófono para la red nacional de emisoras. TIME escribió que en «una arenga de siete horas» Castro «no aportó un solo hecho que sostuviera la acusación de traición». La Comisión Interamericana de Derechos Humanos lo recogió en 1983 con las mismas siete horas: «una violenta acusación que duró 7 horas y fue transmitida por la radio estatal». Y en Washington, el 16 de diciembre, el fiscal general de Estados Unidos preguntó en el Consejo de Seguridad Nacional cómo, después de que Castro pidiera la pena de muerte durante siete horas, el tribunal había dado solo veinte años. El director de la CIA respondió que Castro «probablemente le dijo al tribunal, en privado, que mitigara la pena». Es un acta desclasificada, y es una opinión, no un hecho.
Lo que Castro dijo aquel día no está en el archivo oficial cubano. Se lee en inglés, en la traducción de un folleto de la CTC que el Gobierno de Estados Unidos conservó. Ahí Castro insiste en la ingratitud, en «el juego de la contrarrevolución», en que Matos «no inventó el invento de que la revolución es comunista» porque «eso lo inventó Batista», y plantea una disyuntiva: o Matos y los suyos son culpables de calumnia y traición, «o lo es Camilo. ¡Que hable Camilo!». Camilo llevaba casi siete semanas desaparecido. Y al día siguiente, en otro acto, Castro contó que no había podido traer un papel «porque lo uní al sumario de la causa, el informe que me envió el Comandante Camilo Cienfuegos, desde Las Villas», y que lo había leído en el juicio. El último informe escrito de Camilo está dentro del expediente del hombre al que lo mandaron a detener. Nunca se ha publicado. También leyó una carta que Matos había escrito en El Morro el 28 de octubre, el día del avión: «No hubo conjura, ni traición, ni sedición, ni nada; solo una carta privada». Y: «el único que hizo pública la carta fue Fidel, en su deseo de presentarme como traidor».
La sentencia se leyó el 15 de diciembre de madrugada: veinte años para Matos, con degradación, y penas de dos a siete años para veintiún oficiales más, sin un solo absuelto. La lista de nombres y penas solo la tenemos por Matos y por un libro del exilio de 1965; no encontré la sentencia ni una crónica cubana de diciembre de 1959 que la confirme. Castro llamó al fallo «muy generoso». La embajada de Estados Unidos había resumido el 26 de octubre lo que pasó en el Palacio con una frase seca: «Obtuvo la aprobación de la ejecución de Matos y otros». Al final no lo fusilaron. En 1979, recién salido, Matos atribuyó a Amnistía Internacional el hecho de no haber sido ejecutado.
Veinte años, y quién los contó
Matos cumplió los veinte años completos: El Morro, Isla de Pinos desde enero de 1960, La Cabaña desde 1966, el Combinado del Este desde 1977, Boniato en 1979. Lo que se sabe de esos años fuera de sus propias memorias es menos de lo que el exilio cree y más de lo que el Estado admite, y hay que decir exactamente cuánto.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos no lo mencionó en sus informes de 1962, 1963 ni 1967. Entra en el informe de 1970, por una denuncia de octubre de 1967: detenido «cuando la verdad es que sólo había renunciado a su cargo», incomunicado en La Cabaña, sin ropa por negarse a vestir el uniforme de «rehabilitado», en huelga de hambre. En 1976 aparece en la lista de diez presos aislados en el Castillo del Príncipe desde diciembre de 1970, con Gutiérrez Menoyo, Boitel y Valls. Y en 1979 la Comisión habla en voz propia, algo que no hace a menudo: una condena «cuyo rigor la Comisión Interamericana de Derechos Humanos reprueba por su severidad y así como también el trato inhumano dado al sentenciado durante los 7 años que Huber Matos estuvo incomunicado».
Amnistía Internacional lo nombró por primera vez en su informe anual de 1977, como ejemplo de los presos de conciencia «que llevan más de 15 años» encarcelados, y contó que Pinochet había ofrecido canjear al senador comunista Jorge Montes por Matos y que Cuba no respondió. En el informe de 1978 contó que una delegación suya había visitado Cuba a fines de 1977 y que el gobierno le prohibió ver al grupo de los «plantados», Matos entre ellos. Que fuera «el primer preso de conciencia cubano» de Amnistía lo dice la sección británica en 2014; el año de adopción no lo encontré en ningún documento. Los detalles de tortura que Matos cuenta en sus memorias, incluidos los golpes de la madrugada en que salió, los respalda la CIDH en lo general y Amnistía remitiendo a la autobiografía. Eso es lo que hay, y lo escribo así.
La salida la negoció Costa Rica, y de eso sí hay papeles. El Gobierno de Estados Unidos desclasificó en 2014 los telegramas de 1979 y se pueden descargar uno a uno. El 18 de septiembre, el jefe de la Sección de Intereses en La Habana informó a Washington: «Autoridades cubanas competentes me han confirmado que el Gobierno de Cuba planea liberar a Huber Matos en octubre en respuesta a la petición del Gobierno de Costa Rica». El 28, la cancillería costarricense anunció que Cuba liberaría a 138 presos cuya salida «venía negociando con el Gobierno de Cuba desde principios de año». El 3 de octubre, un alto funcionario costarricense le contó a la embajada estadounidense el precio: el gobierno de Carazo no irritaría a Cuba en nada «al menos hasta que Huber Matos y los demás presos políticos cubanos hubieran salido de La Habana», por un «compromiso» que «al parecer no estaba por escrito». El presidente Carazo mandó a su asistente Jorge Poveda a La Habana con instrucciones de ver a Matos en persona y ser su «garante» desde la puerta de la cárcel hasta Costa Rica.

Matos salió el 21 de octubre de 1979, a los veinte años exactos, y el vuelo de Cubana llegó a San José «en la madrugada del 22 de octubre con 25 ex presos (incluido Huber Matos) y 61 familiares». De los 138 de la lista, Castro sacó a una parte, calificó de «terroristas» a veinte o treinta que no saldrían, y en diciembre los propios costarricenses admitieron ante la embajada que «el objetivo primario del Gobierno de Costa Rica ya se había logrado: la liberación de Huber Matos». Fue un canje sin contrapartida escrita, y los que quedaron dentro lo pagaron. Matos vivió en Miami, fundó Cuba Independiente y Democrática y murió el 27 de febrero de 2014. No encontré una nota de Granma ni de Cubadebate sobre su muerte. Lo que encontré es lo que dice hoy EcuRed: «contrarrevolucionario», categoría «Terroristas de Cuba», y una fecha equivocada, «octubre de 1958».
Camilo: lo documentado, lo oficial y lo que se sospecha
Aquí es donde más fácil es resbalar, así que voy a ir por bloques.
Lo documentado. El 28 de octubre de 1959, a las 6:01 de la tarde, un Cessna 310 de la fuerza aérea, el número 53, despegó de Camagüey hacia La Habana con Camilo, el piloto Luciano Fariñas y el escolta Félix Rodríguez, un soldado rebelde que no tiene nada que ver con el agente de la CIA del mismo nombre que estuvo en la captura del Che en 1967. No llegó. Lo dice la nota oficial que publicó el diario Revolución el 30 de octubre, y que Cubadebate transcribió en 2023: «La existencia de turbonadas a esa hora entre Ciego de Ávila y Matanzas, pueden haber ocasionado algún accidente». Anochecía: la puesta de sol en Camagüey fue ese día a las 5:37 de la tarde, según el cálculo astronómico estándar; el avión despegó veinticuatro minutos después y el vuelo entero fue de noche. Es el único dato físico del caso que cualquiera puede comprobar, y sostiene el marco de la versión oficial. El gobierno tardó unas treinta y seis horas en anunciar la desaparición; lo reconoce Granma: «El viernes 30 de octubre se ordena oficialmente la búsqueda». La búsqueda duró quince días, con unos setenta aviones. Estados Unidos participó: la Marina buscó el primero de noviembre en aguas internacionales «a petición del Gobierno cubano del 31 de octubre», según una nota del archivo del Departamento de Estado. Castro no mencionó esa ayuda cuando dio a Camilo por muerto, la noche del 12 de noviembre, en televisión. Ese discurso no está en el archivo oficial de cuba.cu: el índice salta del 26 de octubre al 18 de noviembre. Lo que dijo lo sabemos por el telegrama del embajador Bonsal de la mañana siguiente: «con toda probabilidad está muerto, estrellado en el mar al norte de Cuba», y «murió en cumplimiento del deber combatiendo la traición».
Dos hechos vecinos, también documentados por el propio Estado. El 12 de noviembre, el mismo día en que Castro cerró la búsqueda, el capitán Cristino Naranjo, jefe del batallón de seguridad del Estado Mayor y hombre de Camilo en la detención de Matos, murió a tiros a la entrada de Columbia; lo mató el capitán Manuel Beatón, según EcuRed, que no da motivo. Beatón se alzó en la Sierra Maestra y fue fusilado con su hermano en junio de 1960; de eso no encontré fuente oficial cubana, solo listas del exilio y prensa española de la época. Y en 1967, en La Higuera, el Che le dijo a sus captores, según el memorando que el director de la CIA envió al secretario de Estado, que «en realidad la muerte de Cienfuegos fue un accidente» y que Castro «amaba a Cienfuegos más que a cualquiera de sus lugartenientes». Es lo que la CIA reportó que dijo el Che; no es prueba de lo que le pasó al avión. Y ni siquiera él lo daba por sabido: «la teoría era», dice el memorando, que el avión se perdió con el techo bajo y se quedó sin combustible. La teoría. El número dos del régimen tampoco tenía una explicación cerrada.
La versión oficial, y sus costuras. Desde el 30 de octubre de 1959 la versión es la misma: turbonadas, desvío al norte, combustible para tres horas, caída al mar sin rastro. Lo que ha cambiado es lo de alrededor. En 1959 Camilo viajó a Camagüey «por cuestiones de trabajo»; hoy Granma lo liga sin rodeos al caso Matos. En 2024 Granma escribió que «la inexperiencia del piloto» provocó la desaparición; el mismo año, la Contraloría General publicó que Fariñas era un piloto «dotado de gran experiencia», y Cubadebate había contado en 2017 que tenía «más de 2 000 horas de vuelo». La Contraloría admite además que el avión «no repostó en Camagüey al regresar de Santiago de Cuba y se desconoce por qué no lo hizo». La comisión investigadora que menciona la prensa oficial nunca ha publicado su expediente, ni un parte meteorológico, ni una grabación de radio. Y el 27 de noviembre de 1959, en la Universidad de La Habana, cuando alguien le gritó algo sobre Camilo, Castro dio la explicación oficial de la culpa: «Es cierto que es culpable de lo de Camilo. Es cierto», dijo de Matos, «porque aunque es imposible escrutar en los designios del hombre, es evidente que hay una relación directa entre los hechos de Camagüey, la traición de Camagüey, y la pérdida del compañero Camilo Cienfuegos». El público le gritó «¡Paredón!». Está en la taquigrafía. Ese mismo día, en Camagüey, dijo que Camilo «perdió la vida, como dicen muchos letreros, combatiendo la traición»: la culpa ya estaba en las pancartas. Treinta años después, en el acto del aniversario de 1989, la versión era la misma con otras palabras: «la causa directa de aquel accidente fue el problema surgido en Camagüey por los elementos anticomunistas»; Camilo, «audaz como era, no respetaba ni el día, ni la noche, ni el tiempo», y «no teníamos aviones seguros». En ese discurso Castro nombra a Camilo cincuenta y siete veces y a Matos ninguna: es «un señor cuyo nombre no vale la pena ni mencionar».
Lo que se sospecha, y con qué. La sospecha de que a Camilo lo mataron es tan vieja como la desaparición. El 10 de noviembre, dos días antes de cerrar la búsqueda, Raúl Castro tuvo que decir en un acto que la Revolución «ni secuestra, ni mata impunemente»: nadie desmiente lo que nadie dice. El 18 de noviembre el propio Castro reconoció que las insinuaciones estaban en la prensa: «llegaron a insinuar el veneno», dijo de los cables internacionales, y de que trataron de «usar» a Camilo «para insinuar acusaciones contra otro compañero». Un funcionario de inteligencia del Departamento de Estado que estaba de vacaciones en La Habana anotó «docenas de rumores» y una frase que vale para todo el episodio: «El caso de Huber Matos demostró que, como en Chicago o Nueva York, a nadie se le permite dejar la pandilla». Y el 8 de noviembre el ministro de Hacienda de Castro, Rufo López Fresquet, le contó al embajador Bonsal que «había oído» que un caza Sea Fury despegó tras el avión de Camilo y que hubo un combate aéreo cerca de Cruces. Está en un memorando desclasificado, y hay que leerlo entero: Bonsal lo transcribe como rumor, López Fresquet lo cuenta de oídas y, aunque era enemigo de Castro, no le atribuye la orden: especula con «amigos de Huber Matos» queriendo vengarlo. Nadie ha identificado nunca a esa tripulación presa.
Matos creyó toda su vida que los Castro lo mataron, y lo escribió como lo que es, una inferencia: «no es una simple conjetura que ambos hermanos sean los autores intelectuales de la única opción que les quedaba: su desaparición». Su base son tres cosas que solo él vio. La conversación en Camagüey, en la que Camilo le habría dicho «creo que Fidel está actuando equivocadamente». La llamada de Camilo a Castro que dice haber oído «a poco más de un metro»: «Lo que se ha hecho es una metedura de pata». Y dos recados de Camilo en El Morro ofreciéndole una fuga, que rechazó: «Si me fusilan que sea defendiendo la verdad y mi honor». Camilo no pudo confirmar ni desmentir nada de eso, y la versión oficial lo niega de plano. Lo demás que circula en el exilio, la cinta magnética con el despegue del caza, el piloto personal de Raúl «con el cañón desenfundado», los testigos que fueron muriendo uno a uno, una ejecución en la Ciénaga de Zapata que contó décadas después, sin otro testigo, Jaime Costa, asaltante del Moncada y expedicionario del Granma, según recoge 14ymedio, es una cadena de «según varias versiones». Radio Martí lo publica con signo de interrogación. Cubanet escribe que «no hay evidencias concluyentes». Y la Universidad de Florida, donde trabaja la historiadora Lillian Guerra, lo formula con el verbo exacto: durante décadas los cubanos «creyeron» que Raúl Castro había ordenado su muerte. Creyeron. Hugh Thomas lo dejó escrito hace medio siglo: «Inmediatamente se sospechó que había habido juego sucio […] No hay ninguna prueba».
| Afirmación | Estado, y de dónde sale |
|---|---|
| Despegó de Camagüey a las 6:01 de la tarde del 28 de octubre de 1959 en el Cessna 310 número 53, con el piloto Luciano Fariñas y el escolta Félix Rodríguez | Documentado: nota oficial del Ejército Rebelde en Revolución, 30 de octubre de 1959, transcrita por Cubadebate. |
| Había turbonadas entre Ciego de Ávila y Matanzas | Versión oficial desde 1959, con tres testimonios independientes a favor: el piloto de Cubana que Castro citó el 12 de noviembre, el técnico del Cessna según su sobrino en Cubanet y la propia prensa del exilio, que lo admite. Ningún parte meteorológico publicado. |
| La búsqueda duró quince días y Estados Unidos participó | Documentado: nota de archivo del Departamento de Estado, FRUS 389. Castro no lo mencionó al cerrar la búsqueda (FRUS 391). |
| El gobierno tardó unas treinta y seis horas en anunciar la desaparición | Reconocido por Granma: la búsqueda se ordena oficialmente el viernes 30. |
| El piloto era inexperto | Contradicho por el propio Estado: «más de 2 000 horas de vuelo» en Cubadebate frente a «la inexperiencia del piloto» en Granma, 2024. |
| El avión no repostó en Camagüey | Admitido por la Contraloría General en 2024: «se desconoce por qué no lo hizo». |
| Un caza Sea Fury lo persiguió y lo derribó | Rumor: el ministro de Hacienda lo «había oído» y se lo contó al embajador de EE. UU. el 8 de noviembre, atribuyéndolo a amigos de Matos (FRUS 389). Sin tripulación identificada, sin cinta, sin restos. |
| Camilo llamó a la detención «una metedura de pata» y le ofreció a Matos una fuga | Testimonio de una sola persona: Matos, en sus memorias. La versión oficial lo niega de plano. |
| Fidel y Raúl Castro ordenaron matarlo | Sospecha sin documento. Ningún historiador consultado la afirma; Hugh Thomas: «No hay ninguna prueba». El Che, según la CIA, la negó en 1967. |
| Matos «es culpable de lo de Camilo» | Palabras de Fidel Castro, 27 de noviembre de 1959. Sin expediente que las sostenga. |
| La comisión investigadora publicó su informe | No. En sesenta y seis años el Estado no ha enseñado expediente, parte meteorológico ni grabación de radio. |
Lo honrado es decirlo así. No hay un documento que pruebe que a Camilo lo mataron. Tampoco hay un expediente que pruebe que fue un accidente, porque el Estado que lo tiene no lo ha enseñado en sesenta y seis años. Lo que el Estado sí hizo, y está documentado en su propia taquigrafía, fue decidir en un mes quién era el culpable de la muerte de un hombre cuyo avión nadie encontró: el que había renunciado por carta.
Lo que hay que contar aunque no me guste
En este episodio lo incómodo está repartido, y una parte grande cae de nuestro lado, porque el mito de Camilo es de todos y el exilio lleva sesenta años llenándolo con lo que le falta. Va todo.
«Hacía buen tiempo» no se sostiene. Lo repiten Anderson en su biografía del Che, Radio Martí y media internet del exilio, y ninguno cita el parte meteorológico. En contra hay tres testimonios independientes de turbonadas esa tarde: el piloto de Cubana que hizo la ruta inversa y a quien Castro citó el 12 de noviembre; el técnico que revisó el Cessna, según su sobrino en Cubanet; y el propio Corzo, que admite que «la tripulación de dos aviones comerciales» reportó mal tiempo. Anderson escribe además que la búsqueda duró «tres días» y que el avión cayó en «aguas del Caribe», cuando la ruta era la costa norte. No hay que usarlo como prueba de nada.
Matos también se equivocó, y hay que decirlo con la misma claridad con que se dice lo de Castro. Escribió que Castro citó «sólo un párrafo» de su carta; la taquigrafía muestra que la leyó casi entera. Escribió que el avión de Camilo hizo escala en Camagüey «para reabastecerse de combustible»; la versión oficial dice que fue el piloto, no Camilo, quien fue a Santiago, y la Contraloría que el avión no repostó. Y su convicción sobre el asesinato es eso, una convicción, construida sobre lo que él dice que oyó.
Las acusaciones de Castro tenían algo de base, y conviene no negarlo. Castro lo acusó el 21 de octubre de haber visitado a Díaz Lanz «en vísperas de su traición» y de haber «alentado» a Urrutia. Hugh Thomas, que no es sospechoso de castrismo, escribe que en el juicio Matos «reconoció que había tratado de la necesidad de un Directorio Nacional del Movimiento 26 de Julio» y que «indudablemente, era un anticomunista que estaba en contacto con otros dirigentes del gobierno». Y había hablado con el ministro de Hacienda de que Raúl podía llegar a «eliminar» a Fidel, según el propio López Fresquet. Y en Washington, en julio y agosto de 1959, se estaba redactando «un programa para reemplazar a Castro», que se aprobó el 31 de octubre, con el caso Matos como parte de lo que un memorando llama «un período de clarificación». Nada de eso convierte una carta privada en sedición. Pero el que quiera contar octubre de 1959 sin Díaz Lanz sobrevolando La Habana ni el Departamento de Estado escribiendo planes, está contando otra cosa.
Y lo que el régimen hizo que tampoco cabe en el cuadro fácil: el tribunal no fusiló a Matos, cuando la plaza lo había pedido a mano alzada. Se le puede atribuir al cálculo, como hizo el director de la CIA, o a la presión de fuera, como hizo el propio Matos. Los dos pueden tener razón. Veinte años cumplidos hasta el último día, siete de ellos incomunicado, no son clemencia. Pero no fue el paredón, y este blog no va a contar que lo fue.
La palabra, hoy
La palabra sigue en su sitio. Granma escribió en 2022 «el traidor Hubert Matos» y en 2024 «te detengo por traidor», en un artículo que fecha la detención «el 21 de septiembre de 1959» y llama a Camilo «Camillo». Juventud Rebelde y el Tribunal Supremo Popular reprodujeron en 2014 un texto del director de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado: «el traidor Huber Matos». EcuRed lo tiene en la categoría «Terroristas de Cuba». Cuando murió, en 2014, la única pieza que encontré con la palabra fue de un medio afín en España: «Muere Huber Matos, traidor a la Revolución cubana», reciclando un artículo de Cubadebate de 2009 firmado por un agente de la Seguridad del Estado.
A Camilo le pasó lo contrario: el Estado lo convirtió en su santo. Las flores al mar de cada 28 de octubre no nacieron del pueblo: según Granma, la idea fue del Che, y la convocaron la revista Verde Olivo y Radio Reloj en octubre de 1960. El museo de Yaguajay lo inauguró Raúl Castro en 1989. La cara de Camilo está en el billete de veinte pesos, con una ficha del Banco Central que lo llama «amigo inseparable de Ernesto Che Guevara» y no menciona Camagüey. Y la frase «Vas bien, Fidel», la que abre este episodio, sigue sin estar en la taquigrafía. Un hombre que no puede hablar es el testigo perfecto: se le pone la frase que haga falta, se le atribuye la fórmula de Castro sobre los traidores, y se le hace decir «alta traición» en un cuarto donde su escolta recuerda otra cosa.
Lo que quedó
Quedó una carta que el Estado leyó en público el día que la recibió y que nunca ha publicado entera. Quedó una condena de veinte años cumplida hasta el último minuto, reprobada por la única comisión de derechos humanos del continente, por renunciar por escrito. Quedó un museo cuya única pieza rotulada como resto del avión, una hélice doblada en Yaguajay, nadie de fuera ha podido confirmar y que, según Cubanet, no corresponde al Cessna 310. Quedó un expediente que nadie ha visto y una fecha de luto que decretó el aparato. Quedó una palabra, «traidor», que Castro dijo treinta y siete veces en dos discursos y que hoy escriben Granma y EcuRed sin que haga falta que nadie la diga. Y quedó lo que Matos pidió en su carta y no le concedieron: que sus hijos no se enteraran en la calle. Se enteraron por la radio, antes de que amaneciera.
Siguiente episodio. «Yo ya comprendo las cosas de la Revolución»: la campaña de alfabetización de 1961: la campaña de alfabetización de 1961, dos porcentajes que no miden lo mismo, el manual que llevaban los brigadistas y un examen final que era una carta a Fidel Castro.
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