Serie «Historia de Cuba» · Temporada 2, episodio 5

Desde el 30 de noviembre de 1956 y durante unos diez meses, los encuestadores de la Agrupación Católica Universitaria recorrieron el campo cubano con un cuestionario. Hicieron mil entrevistas a familias de trabajadores agrícolas repartidas por los 126 municipios del país, en plena guerra, y dejaron escrito que no pudieron llegar a algunos lugares por «la prohibición de recorrer algunas zonas en Pinar del Río, Las Villas y Oriente, junto con las detenciones de que eran objeto alguno de los entrevistadores». El informe se publicó en 1957 con el título ¿Por qué reforma agraria?, y la presentación empieza con una frase que resume este episodio entero: «La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad, mientras que en el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer».
Esa frase tiene dos mitades, y cada lado de la historia cubana se ha quedado con una. El régimen cita la segunda desde hace sesenta y siete años. Parte del exilio recuerda solo la primera. Las dos son verdad a la vez, y las dijo la misma gente, en el mismo papel, antes de 1959.
Sobre la Cuba anterior a la Revolución hay propaganda en las dos direcciones, y es el único episodio de esta serie en el que tengo que desmentir a mi propio lado tanto como al otro. Lo voy a hacer con el mismo método de siempre: buscar el número en un documento de la época, decir qué medía y comparar con el mismo año y la misma fuente. Ni el paraíso ni el infierno aguantan la prueba. Lo que queda es un país más interesante que los dos.
Lo que dice cada lado
El régimen tiene una fórmula, y la fijó Fidel Castro. En el vigésimo aniversario del Moncada, el 26 de julio de 1973, dijo que Estados Unidos había reducido a Cuba a «un jugoso centro de explotación monopolista, una moderna Capua para sus turistas, un gran prostíbulo, un inmenso garito». En 1991 le puso números: «Cien mil prostitutas en una población de seis millones y medio de habitantes, 600 000 desocupados […], millones de analfabetos, decenas de miles de niños que se morían todos los años». En 1997 preguntó a un auditorio de maestros: «¿Qué quieren, que volvamos a tener una mortalidad infantil de 60 por 1 000 nacidos vivos?». La enciclopedia del Estado, EcuRed, tiene una entrada titulada «Cuba antes de 1959» que da una esperanza de vida de 58 años y cita como fuente, sin autor ni página, un «Libro de historia de Cuba».
El exilio tiene una lista. Circula por correo, en revistas y en discursos, y casi siempre dice venir «de la ONU»: Cuba era el país más rico de América Latina, tenía la mortalidad infantil más baja de la región y la decimotercera del mundo, por debajo de Francia, más televisores que nadie, el peso valía lo mismo que el dólar, el obrero industrial cobraba el octavo salario del mundo según la OIT. Busqué de dónde sale. Casi todo viene de un solo papel: Zenith and Eclipse, un informe del Departamento de Estado de 1998, revisado en 2002. El Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami lo copió casi palabra por palabra en su boletín Cuba Facts número 43, de 2008, y la Cámara de Representantes de Estados Unidos lo repitió en la resolución 868 de 2020: «in 1957 Cuba had an infant mortality rate of 32 per 1,000 births, the lowest in Latin America and the 13th lowest in the world». Son tres textos, pero es una sola fuente.
Voy a ir número por número. El resultado, adelantado, es incómodo para los dos: el exilio acierta en más cosas que el régimen, y se equivoca justo en las que más repite.
Cuánto ganaba un cubano
La Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas, la CEPAL, calculó en 1952 el producto por habitante de diez países con el mismo método, en dólares de 1950. La tabla 19 de su informe de ese año (página 31) da Venezuela 450, Argentina 428, Cuba 406, Chile 299, Brasil 217 y México 214. Cuba, tercera. Uruguay no está en la tabla, y con otras fuentes iba por delante. La reconstrucción más cuidadosa que existe, la de los economistas Marianne Ward y John Devereux, publicada en 2012 en el Journal of Economic History, pone el ingreso por habitante de 1955 en porcentaje del de Estados Unidos: Uruguay 34, Argentina 31, Venezuela 28, Cuba 27 (apéndice, tabla 1). Cuarta de veinte países latinoamericanos. En el mismo cuadro Italia tiene 29, y con una estimación puente que los autores explican, España 21 y Portugal 16.
De ahí salen tres cosas. «El país más rico de América Latina» es falso con cualquier fuente: Venezuela, Argentina y Uruguay iban delante en todas. «Entre los primeros de América Latina» es verdad. Y «más rico que España» también lo es: en los años cincuenta un cubano tenía más ingreso que un español y casi el mismo que un italiano. El Departamento de Comercio de Estados Unidos, que estudiaba el país para los inversionistas, lo resumió en 1956: «Cuba is not an underdeveloped country in the sense usually associated with that term» (página 5), Cuba no es un país subdesarrollado en el sentido habitual de la palabra.
El mismo libro pone el límite en la misma página: el nivel de vida cubano estaba «among the highest, if not the highest, in Latin America», pero era solo un tercio del de los estados menos ricos del sureste de Estados Unidos. Lo dice con un ejemplo: entre 1950 y 1954, el mejor año de Cuba dio 345 pesos por habitante y el peor año de Mississippi, 638 dólares (página 184). La comparación con Mississippi, que también circula, es cierta para los años veinte y falsa para los cincuenta.
Y el peso a la par del dólar no prueba nada de esto. Era un tipo de cambio fijo: el peso tenía, por ley, el mismo contenido de oro que el dólar, y desde 1945 se cambiaba uno por uno sin control de cambios. Decía que la moneda era estable. No decía cuánto producía un cubano. En la tabla de tipos de cambio del anuario estadístico de la ONU de 1958 (página 444) aparecen a 1,000 por dólar, en la misma columna, el peso cubano, el peso dominicano de Trujillo, el quetzal de Guatemala y el balboa de Panamá.
Treinta años sin moverse
Lo que el exilio no cuenta está en el documento más serio que se escribió sobre la economía cubana antes de 1959. En 1950 el Banco Mundial mandó a La Habana una misión de economistas dirigida por Francis Truslow, y su Report on Cuba, de mil páginas, se publicó en 1951. La conclusión está en la página 7: «the present per capita income of about $300 is only slightly above that of the early 1920’s». El ingreso por habitante de 1950 era apenas un poco mayor que el de principios de los años veinte. Y en la frase siguiente: el nivel de vida cubano dependía de una industria, el azúcar, «which stopped growing many years ago», que había dejado de crecer hacía muchos años.
Ward y Devereux lo midieron después con más datos: el ingreso por habitante creció un 3 % en total entre 1925 y 1955, frente a un 28 % en Argentina, un 23 % en Chile y un 55 % en Estados Unidos (página 124). Tras la Segunda Guerra Mundial hubo recuperación, y en los últimos años de la República el ingreso por fin pasó del nivel de los años veinte. Pero la CEPAL, con las cifras oficiales cubanas, calculó que entre 1950 y 1954 el ingreso por habitante cayó un 1,8 % al año, mientras el de América Latina subía un 2,1 % (informe de 1956, tabla 3). Cuba era un país de ingreso alto para la región que llevaba una generación quieto.
La razón era la de siempre. El azúcar daba entre el 80 y el 88 % de las exportaciones entre 1946 y 1955, según el Ministerio de Hacienda citado por el Departamento de Comercio (tabla 73), y en 1953 empleaba a 474.053 personas, el 23 % de la fuerza de trabajo, con una zafra media de 94 días (página 23). Lo que se ganaba en tres meses se repartía en doce. La misión del Banco Mundial escribió que «Prosperity, too, has helped to conceal the relative stagnation of the Cuban economy» (página 8): la prosperidad también ayudaba a esconder el estancamiento.
Al final, además, el país gastaba más de lo que tenía. Las reservas de oro y divisas bajaron de 496 millones de dólares en 1951 a 373 en 1958, y el oro, de 311 a 80, según el anuario de la ONU de 1959 (tabla 173). La deuda pública se multiplicó por 2,4 entre diciembre de 1952 y diciembre de 1955, de 241 a 582 millones de pesos, según el Banco Nacional citado por el Departamento de Comercio (página 122). Ninguno de esos dos datos está en la lista del exilio.
De quién era Cuba
El régimen dice que Cuba era una neocolonia de Estados Unidos. La cifra de la inversión directa estadounidense en 1958 la publicó el Departamento de Comercio en el Survey of Current Business de agosto de 1959: 861 millones de dólares, revisados después a 879. Era la tercera de América Latina, detrás de Venezuela y Brasil. En 1929 había sido la primera, con 919 millones: en treinta años había bajado. Y estaba concentrada. Según el Departamento de Comercio, las empresas de Estados Unidos tenían más del 90 % del teléfono y la electricidad, alrededor de la mitad de los ferrocarriles de servicio público, cerca del 40 % de la producción de azúcar crudo, y las sucursales de sus bancos guardaban casi la cuarta parte de los depósitos (página 10).
Lo que no cuenta el régimen es la tendencia. En 1939 los centrales de dueños cubanos molían el 22,4 % del azúcar; en 1955, el 58,7 % (página 10). La misión del Banco Mundial lo da por nacionalidad: en 1950, 47,27 % de centrales norteamericanos y 49,49 % de centrales cubanos (tabla 173, página 821). Los bancos cubanos pasaron del 16,8 % de los depósitos en 1939 al 60,2 % en 1950. El azúcar y la banca se estaban cubanizando sin expropiar a nadie.
En La historia me absolverá, el alegato que Castro escribió en la cárcel después del Moncada, se lee que «más de la mitad de las mejores tierras de producción cultivadas está en manos extranjeras». No hay un censo de tierras por nacionalidad que permita comprobarlo. Lo más cercano es el libro de texto oficial de preuniversitario, que da 110.027 caballerías para las compañías azucareras de Estados Unidos (página 266). Son 1,48 millones de hectáreas, alrededor del 16 % de la tierra en fincas que contó el censo agrícola de 1946. La cuenta es mía, con dos fuentes de años distintos, y solo da un orden de magnitud: una sexta parte, no la mitad.
El país del anuario
Lo mejor de la lista del exilio sale bien. El anuario estadístico de la ONU de 1958 trae los datos y los he comprobado en la imagen de cada página. Cuba tenía en julio de 1957 unos 300.000 televisores en uso (tabla 187), unos 47 por cada mil habitantes: la primera de América Latina, muy por encima de México o Venezuela. Tenía 1,1 millones de radios en 1956 (tabla 185), 58 diarios con 796.000 ejemplares, 129 por cada mil habitantes, la tercera de la región detrás de Uruguay y Argentina (tabla 181), y 6.421 médicos en 1957 (tabla 176), uno por cada mil habitantes, también la tercera detrás de Argentina y Uruguay. Castro mismo dio el número en 2006: «había 6 000 y se llevaron 3 000». La televisión había llegado en 1950. La UNESCO la estudió en 1953 y anotó que la primera emisora, CMUR-TV, se inauguró el 24 de octubre de 1950, y que Cuba, que no fabricaba ni un aparato, tenía uno por cada 55 habitantes cuando Francia tenía uno por cada 704.
Hay letra pequeña. Los televisores y las radios cubanos son estimaciones de aparatos en uso, y los de casi toda Europa son licencias pagadas, que siempre dan menos. La cifra de calorías que se cita, 2.730 diarias, es de 1948 y 1949, diez años más vieja que la de los países con los que se compara (tabla 125). Y alguna frase falla: Cuba no era la primera de América Latina en emisoras de radio, porque Brasil tenía 593 y México 227, y Cuba 160 (tabla 184).
Y la letra más pequeña de todas: ninguno de esos números dice dónde estaban las cosas. El censo de 1953, que la ONU publicó en su anuario de 1960 (tabla 175), lo dice por otro lado. Tenían electricidad el 82,9 % de las viviendas de las ciudades y el 8,7 % de las del campo; agua corriente dentro de la casa, el 57,7 % y el 6,7 %. Las ciudades cubanas estaban muy por encima de las latinoamericanas, y el campo cubano, más o menos como el de la región. Un televisor sin corriente no sirve de nada. El analfabetismo, 23,6 % en 1953 y cuarto o quinto de América Latina, ya lo conté en el episodio anterior.
Treinta y dos, sesenta y treinta y seis
La cifra estrella del exilio es la de la mortalidad infantil: 32 por mil nacidos vivos en 1957, la más baja de América Latina y la decimotercera del mundo, por debajo de Francia. La cifra estrella del régimen es la contraria: más de 60. Las dos dicen venir de la ONU.
Mientras duró la República, la ONU no publicó ninguna. En el anuario demográfico de 1961, que reúne las tasas de mortalidad infantil de todos los países entre 1945 y 1961, la fila de Cuba tiene un solo número, 38,9 para 1945-1949, en letra cursiva, que en esa tabla quiere decir «datos poco fiables o de integridad desconocida». Para todos los años de 1950 a 1961 tiene puntos suspensivos. El registro civil cubano no era lo bastante bueno para que Naciones Unidas lo publicara.
El 32 del exilio tiene fuente, pero no de la época. En 1966, con la Revolución ya en el poder, el anuario demográfico de la ONU publicó por fin una tasa cubana para 1957: 32,3, en cursiva, con una nota que avisa de que desde ese año los nacimientos se calculaban «a partir del análisis de los censos de 1943 y 1953» y con una tasa de crecimiento supuesta (tabla 14, nota 66). Es una cifra que la propia ONU publica como dudosa. Y lo demás de la frase no aguanta. En Zenith and Eclipse, la nota de ese párrafo ni siquiera remite a la ONU: remite a una página web de 1999 hecha con el World Factbook de la CIA. El puesto trece no es del mundo: es el puesto de Cuba en una lista de 25 países, casi todos ricos, que escogió el propio informe, y el informe lo dice en otra frase: «Cuba’s comparative world ranking according to data in Table 1 has fallen from 13th to last out of the 25 countries examined».
El 60 del régimen no sale del registro, aunque lo diga. Un texto publicado en Infomed, la red del Ministerio de Salud Pública, afirma que la mortalidad infantil anterior a 1959 «ascendía en los registros estadísticos a 60 por cada mil nacidos vivos». La propia Junta Central de Planificación dio 33 para 1958, y el periódico Granma publicó 37,3 para 1960 dos años seguidos, según los politólogos James McGuire y Laura Frankel, que estudiaron la serie completa. Su comentario sobre esa cifra es seco: «The Party would seem to have an interest in endorsing a higher estimate for 1960», el Partido parecería tener interés en avalar una estimación más alta (página 90). El economista Carmelo Mesa-Lago ya lo había señalado en 1969: Castro dijo en enero de 1967 que la tasa de 1958 era de 60 por mil, cuando la tabla oficial que el propio Mesa-Lago reproduce daba 33, y la media registrada entre 1959 y 1966, 37,2, estaba «substantially above the pre-revolutionary rates», bastante por encima de las anteriores a la Revolución (página 48). Añade que el sistema de registro de defunciones de 1959 a 1962 era el mismo de 1958.
Ninguna de las dos cifras es la verdad. El registro cubano dejaba fuera a muchos niños que morían en las primeras horas de vida, y la inscripción de los nacimientos no era obligatoria, así que las tasas registradas, entre 32 y 36, se quedan cortas. Cuánto, se discute. Los demógrafos cubanos que ajustaron el censo de 1953 calcularon 78,8 por mil para ese año, según un informe del Centro Latinoamericano de Demografía de 1977 (página 29). McGuire y Frankel consideran poco fiables esas reconstrucciones y aceptan 39 para 1960. La estimación que da hoy el grupo de Naciones Unidas que mide la mortalidad infantil es 36 para 1958. Con 36, Cuba tenía la tasa más baja de América Latina y estaba por debajo de Italia, España y Portugal, que en 1957 tenían 50, 53 y 88 según el anuario de 1961. No por debajo de Francia: 33,7 en el registro francés de 1957, y 27 en la estimación actual para 1958. Nadie sabe el número exacto, y cada lado escoge el extremo que le sirve. El exilio, un registro que se quedaba corto. El régimen, una cifra que llama registro y no lo es.
Con la esperanza de vida no hay dato de la época: Cuba no publicó ninguna tabla de vida en los anuarios de la ONU antes de 1959. Las reconstrucciones posteriores dan 58,8 años para 1953 (página 36) y 64 para 1960, según la revisión de McGuire y Frankel (página 91). Los 58 años de EcuRed caben en esa horquilla. Los «menos de 55» del libro de texto oficial de preuniversitario (página 385) no caben. Y una revista médica cubana publicó en 2011 que «en 1959 era de 35 años», y que en 1965 ya era de 65: treinta años de vida ganados en seis.
El campo
Aquí está la otra mitad de la frase, y aquí el exilio no tiene defensa. El censo agrícola de 1946, que la misión del Banco Mundial reprodujo en sus tablas, contó 159.958 fincas. Las 894 de más de mil hectáreas, el 0,6 %, ocupaban el 36 % de la tierra en fincas; las de menos de 25 hectáreas eran el 70 % y tenían el 11 % (página 90). Son fincas, no dueños, porque el censo contaba explotaciones. Y el 62 % de ellas las trabajaban arrendatarios, subarrendatarios, aparceros y precaristas, gente que no era dueña de la tierra (tabla 18). En Oriente, más de una finca de cada cinco era de precaristas.
El problema del obrero agrícola no era tanto el jornal como el calendario. El salario mínimo del trabajador agrícola del azúcar era de 2,88 pesos por ocho horas desde 1947 (página 819), alto para la región. Pero los 423.690 trabajadores agrícolas temporales pagados que contó el censo trabajaron un promedio de 4,1 meses en 1945, y solo el 6 % llegó a nueve meses (página 49). El resto del año era el tiempo muerto. En esto Castro acertó: en La historia me absolverá habla de «quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto». El orden de magnitud es el del censo.
La encuesta de la Agrupación Católica es la otra fuente, y la que más usa el régimen. Hay que saber qué mide. No es «la población rural»: son las familias de trabajadores agrícolas asalariados que vivían en caseríos de menos de 150 habitantes, un universo que la propia encuesta calcula en 400.000 familias. Para esas familias, los datos de vivienda coinciden con el censo y son muy duros: el 60 % vivía en casas de madera, techo de guano y piso de tierra; el 64 % no tenía inodoro ni letrina; el 88,5 % sacaba el agua de un pozo; el 7 % tenía luz eléctrica; el 43 % no sabía leer. La familia, de seis personas de promedio, ingresaba 548,75 pesos al año: veinticinco centavos por persona y día.
Y hay una cifra famosa que no mide lo que se le hace decir. Desde hace décadas se repite que, según la encuesta, solo el 4 % de los campesinos comía carne. Un libro oficial del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana lo escribió así: «sólo el 4% de la población rural comía carne» (página 204). La encuesta preguntaba qué se había comido el día anterior, y advierte que sus datos «representan la frecuencia con que aparece mencionado un tipo de alimento en la composición de la ración del día anterior a la entrevista». Sumados, los porcentajes de carne, huevos, leche, pan, harina de maíz, viandas, arroz y frijoles dan 97,7, y con el pescado, casi cien. La suma es mía. Son partes de una comida, no personas: la propia encuesta dice que el arroz suministra «el 25 % de la dieta total», y si fuera el 25 % de las personas, tres de cada cuatro no habrían comido arroz, cuando la conclusión del informe es que el trabajador agrícola «se alimenta de arroz con frijoles». La confusión empieza en la propia encuesta, que unas líneas antes lo escribe como si fueran personas: «Solo el 4 % de los entrevistados menciona la carne como alimento integrante de su ración habitual». La cifra existe; lo que no está claro es qué medía. Lo que sí dice es bastante: en la comida diaria de esas familias, la carne era rarísima. No hace falta estirarlo. El estiramiento es doble: de las familias de obreros agrícolas a toda la población rural, y de una comida a la dieta de un año.
La encuesta tenía también sus problemas de método, y los confiesa. Para la dieta, el entrevistador «preguntaba en forma sugerente», y para saber si alguien era analfabeto preguntaba: «¿Ud. no sabe leer y escribir, no?». La salud y el peso eran los que declaraba cada uno. Nada de eso cambia el retrato de la vivienda, que es lo más sólido del informe. Y la escuela rural lo confirma por otro lado: en el curso 1949-1950 había en el campo 77.807 niños en primer grado y 2.647 en sexto (tabla 59). Por cada treinta niños en primer grado había uno en sexto.
El trabajo
En el papel, el trabajador cubano estaba entre los más protegidos del continente, y eso es verdad. La Constitución de 1940 fijaba la jornada de ocho horas y una semana de 44 «equivalentes a cuarenta y ocho en el salario» (artículo 66), un mes de vacaciones pagadas por cada once de trabajo (artículo 67), seis semanas de licencia antes del parto y seis después, «retribuido igual que su trabajo» (artículo 68), y prohibía despedir a nadie «sin previo expediente» (artículo 77). La misión del Banco Mundial lo confirma y añade la letra pequeña: «The enforcement of the minimum wage regulations is known to be incomplete» (página 362), y los sindicatos casi no existían en la ganadería, el café y las fincas pequeñas.
Lo que tenía Cuba era desempleo, y cada lado lo cuenta a su manera. El censo de 1953 se hizo en enero, en plena zafra, y dio un 8,4 % de desempleados (páginas 22 y 23). El Consejo Nacional de Economía hizo una encuesta de mayo de 1956 a abril de 1957, un año entero, y dio 361.000 desocupados, el 16,4 % de una fuerza de trabajo de 2.204.000, más 223.000 trabajando menos de cuarenta horas. En plena zafra, de febrero a abril, el 9 %; de agosto a octubre, el 20,7 %. El cuadro lo reprodujo en mayo de 1959 Lunes de Revolución, el suplemento cultural del periódico del 26 de Julio, citando la fuente.
Una revista del exilio da para 1958 un desempleo del 7,07 %, «la más baja de América Latina», sobre una fuerza de trabajo de 2.204.000. Es la misma fuerza de trabajo de la encuesta oficial, con un desempleo que la encuesta no da. Ni en el mejor mes de la zafra bajó del 9 %. La misma lista atribuye a la OIT que el obrero industrial cubano cobraba el octavo salario del mundo. La tabla de salarios industriales que la ONU publicaba con datos de la OIT, en el anuario de 1958 (tabla 157) y en los de 1959 y 1960, no trae a Cuba. No he encontrado de dónde sale ese puesto.
El régimen exagera hacia arriba. En La historia me absolverá Castro escribió que «desde el mes de mayo al de diciembre un millón de personas se encuentren sin trabajo» y que Cuba tenía «más desocupados que Francia e Italia». En el tiempo muerto los parados eran entre 400.000 y 450.000, según el Departamento de Comercio (página 23), y en 1953 Italia tenía 1.946.500 desempleados registrados (tabla 7). Los «600.000 desocupados» que Castro repitió en 1991 salen de sumar a los parados de la encuesta los que trabajaban parte de la semana. El libro de texto de noveno grado sube la cifra a 738.000, sin fuente (página 267).
| Lo que se dice | Lo que dice el documento |
|---|---|
| Exilio: Cuba era el país más rico de América Latina | Falso. Tercera de diez en 1952 (CEPAL) y cuarta de veinte en 1955 (Ward y Devereux), detrás de Venezuela, Argentina y Uruguay. Entre las primeras, sí. |
| Exilio: era más rica que España | Cierto en los años cincuenta: 27 frente a 21, con Estados Unidos en 100. Casi igual que Italia, que tenía 29 (Ward y Devereux). |
| Exilio: el peso valía lo mismo que el dólar | Cierto, y no prueba riqueza: a uno por uno estaban también el peso dominicano, el quetzal y el balboa (ONU, 1958). |
| Exilio: Cuba crecía con fuerza | Falso. Un 3 % más de ingreso por habitante en treinta años, de 1925 a 1955 (Ward y Devereux), y una caída del 1,8 % al año entre 1950 y 1954 (CEPAL). |
| Régimen: Estados Unidos era dueño de Cuba | Medio cierto. Más del 90 % del teléfono y la electricidad y un 40 % del azúcar crudo; pero en 1955 los centrales cubanos molían el 58,7 % del azúcar (Departamento de Comercio). |
| Exilio: mortalidad infantil de 32 por mil en 1957, la decimotercera del mundo | La ONU no publicó ninguna tasa cubana hasta 1966, y entonces dio 32,3 en cursiva, como dato dudoso (anuario de 1966). El puesto es dentro de una lista de 25 países que escogió el informe que lo dice (Zenith and Eclipse). Con las cifras registradas era la más baja de América Latina, pero el registro se quedaba corto. |
| Régimen: más de 60 por mil en los registros | Falso como registro: daba 33 en 1958, y Granma publicó 37,3 para 1960 (McGuire y Frankel, página 90). Como realidad, no se sabe: un ajuste demográfico posterior da 78,8 para 1953 (CELADE). |
| Régimen: esperanza de vida de 58, de menos de 55 o de 35 años | Los 58 caben; los otros dos, no. Las reconstrucciones dan 58,8 años en 1953 (CELADE) y 64 en 1960 (McGuire y Frankel, página 91). |
| Exilio: más televisores que nadie en América Latina | Cierto. Unos 300.000 en 1957, alrededor de 47 por cada mil habitantes; es una estimación de aparatos en uso (ONU, 1958, tabla 187). |
| Exilio: desempleo del 7 % | Falso. 16,4 % de media entre mayo de 1956 y abril de 1957; 9 % en plena zafra (encuesta del Consejo Nacional de Economía). |
| Régimen: un millón sin trabajo, más que Francia e Italia | Falso. Entre 400.000 y 450.000 en el tiempo muerto (Departamento de Comercio); Italia tenía 1.946.500 desempleados registrados en 1953 (ONU, 1958). |
| Exilio: el octavo salario industrial del mundo, según la OIT | No verificable. La tabla de salarios industriales que la ONU publicaba con datos de la OIT no trae a Cuba (ONU, 1958, tabla 157). |
| Régimen: solo el 4 % de los campesinos comía carne | Dato real de definición dudosa: los porcentajes de dieta suman casi cien, como partes de una comida, y la muestra son familias de obreros agrícolas, no los campesinos (encuesta de la Agrupación Católica). |
| Régimen: quinientos mil obreros que trabajan cuatro meses al año | Cierto en lo esencial: 423.690 temporales con 4,1 meses de trabajo en 1945 (censo agrícola, vía el Banco Mundial). |
| Régimen: veinte mil muertos de la dictadura | Falso. El recuento con nombres va por 1.577 muertes atribuibles a la dictadura, 873 de ellas ejecuciones extrajudiciales (Archivo Cuba). Una dictadura asesina igual. |
| Exilio: Cuba recibía inmigrantes de Europa | Falso para los años cincuenta: 63.026 cubanos entraron como residentes en Estados Unidos entre 1951 y 1958 (Servicio de Inmigración). |
La dictadura
Cuba tuvo una democracia imperfecta y la perdió. En 1944 la oposición de Ramón Grau San Martín ganó al candidato de Fulgencio Batista, el hombre fuerte desde 1934, y Batista entregó el poder; según el historiador Hugh Thomas, «he did not use the armed forces to secure a corrupt election» (página 735), no usó las fuerzas armadas para amañar la elección. La campaña de 1948 fue, según el mismo Thomas, la última que Cuba ha conocido (página 757). Las mujeres votaban en elecciones nacionales desde 1936, según la historiadora Lynn Stoner (página 142). El 10 de marzo de 1952 Batista dio un golpe de Estado contra el presidente Carlos Prío. Para el Departamento de Estado fue una sorpresa completa, y Washington reconoció al nuevo gobierno el 27 de marzo. Batista cambió la Constitución por unos estatutos y en 1954 volvió al cargo en una elección sin oposición.
Lo que vino después lo documentó el propio Gobierno de Estados Unidos, que apoyaba a Batista. El 15 de febrero de 1957 el embajador Arthur Gardner telegrafió a Washington: «We here now convinced recurrent killings of persons government maintains are oppositionists and terrorists are actually work of police and army». Estamos convencidos de que los asesinatos de personas que el gobierno presenta como opositores y terroristas son obra de la policía y del ejército. Y describió las fotos de los periódicos: un cadáver acribillado y una bomba de dinamita sin explotar sobre el cuerpo o al lado. Su sucesor, Earl Smith, informó en diciembre de ese año de que la libertad de palabra, de prensa y de reunión llevaba suspendida siete de los últimos once meses, y de que varios jefes militares y policiales se habían hecho notorios por su brutalidad. En julio de 1958 un informe del Departamento de Estado hablaba ya de «terrorism exercised by the armed forces, including the police with feared SIM», de universidades cerradas y de jueces escondidos o en el exilio.
Los casinos y la mafia también son verdad. La revista TIME contó en enero de 1958 cómo, a partir de 1955, un decreto hecho a la medida dio exenciones a los casinos en hoteles de más de un millón de dólares, cómo apareció Meyer Lansky como asesor y cómo en diciembre de 1957 funcionaban diez casinos en La Habana, uno de ellos dirigido por Santo Trafficante. Lo que no es verdad es que el país viviera de eso. En 1957 el turismo dejó 62,1 millones de pesos, la segunda fuente de divisas, muy lejos del azúcar. Y las «cien mil prostitutas» de Castro no aparecen en ningún censo, registro ni estudio que yo haya encontrado. Serían una de cada sesenta y cinco personas del país, contando hombres, ancianos y niños.
Y los muertos. En sus primeros números de enero de 1959, la revista Bohemia publicó que la dictadura había dejado veinte mil, según cuenta el escritor Enrique Del Risco. No he podido ver el ejemplar. Era el mes de los primeros fusilamientos: en Santiago acababan de fusilar a setenta hombres después de juicios sumarios, según el consulado de Estados Unidos. El 17 de enero, en Pinar del Río, Castro le contestó al congresista norteamericano «que habló a favor de los esbirros» con la cifra: «¡Tres, y en otro treinta, y en otro trescientos, señores, porque llegan a veinte mil las víctimas de la tiranía!». La repitió durante años. El libro de historia de noveno grado lo sigue enseñando: los tribunales revolucionarios juzgaron a los responsables de «la muerte de más de veinte mil cubanos» (páginas 313 y 314). Nadie ha presentado nunca la lista. El recuento con nombre y apellido que lleva el proyecto Archivo Cuba va por 1.577 muertes atribuibles a la dictadura, 873 de ellas ejecuciones extrajudiciales, y 444 atribuibles a la oposición armada. Un memorando de la CIA de 1963 da veinte mil, pero sumando los dos bandos, sin fuente y con una frase que lo deshace: «However, no accurate estimate is possible».
Que no fueran veinte mil no hace a Batista menos dictador. Mil seiscientos muertos en siete años, con casi novecientas ejecuciones sin juicio, es una dictadura asesina, y los documentos de Washington lo dicen con más detalle que Bohemia. Pero la cifra que el régimen enseña en las escuelas es más de diez veces la que alguien ha podido documentar con nombres, y empezó a usarla el mismo mes en que empezó a fusilar.
Lo que hay que contar aunque no me guste
Lo más incómodo de este episodio para el exilio es que la Cuba de los años cincuenta ya expulsaba cubanos. Según los informes anuales del Servicio de Inmigración de Estados Unidos, entre los años fiscales de 1951 y 1958 entraron en ese país como residentes 63.026 nacidos en Cuba, con un máximo de 14.953 en 1956 (tabla 14). En los mismos años, la Cuba que según la lista del exilio recibía inmigrantes de Europa recibía pocos: entre 1953 y 1955 salieron de España hacia Cuba 5.644 emigrantes y volvieron de Cuba a España 5.364, según el anuario demográfico de la ONU de 1957 (tablas 28 y 29). En esos tres años los españoles que se quedaron fueron 280, y los cubanos admitidos en Estados Unidos, 18.330. La cuenta es mía, con las dos tablas. La gran inmigración había sido antes de 1930: en el censo de 1953 solo el 4 % de los habitantes había nacido fuera de Cuba (tabla 5).
Tampoco era un país sin racismo, aunque lo diga parte del exilio. La Constitución de 1940 declaraba «ilegal y punible toda discriminación por motivo de sexo, raza, color o clase» (artículo 20), pero la ley que tenía que castigarla nunca se aprobó. La discriminación no estaba en la ley sino en la puerta: clubes, playas privatizadas, hoteles de lujo y colegios privados que no admitían a negros. El historiador Alejandro de la Fuente lo documenta en A Nation for All, incluido el caso de Batista, el único presidente mestizo, al que los clubes de blancos de Matanzas y Holguín se negaron a homenajear (páginas 199 y 223). La idea con la que abre el libro sirve para todo este episodio: Cuba no es «the racial paradise depicted by Cuban authorities […] nor the racist hell portrayed by some of the detractors» del gobierno revolucionario (página 2). Ni el paraíso racial que pintan las autoridades ni el infierno racista que pintan algunos de sus críticos.
Y hay que reconocerle al otro lado lo que acertó. En La historia me absolverá Castro escribió que «dos millones ochocientas mil de nuestra población rural y suburbana carecen de luz eléctrica», y el censo de ese mismo año da, con mi cuenta sobre las viviendas, alrededor de 2,7 millones de personas sin luz en todo el país. Escribió que a las escuelas del campo asistía menos de la mitad de los niños, y era verdad: la misión del Banco Mundial dio para el campo un 33,9 % de matrícula en la escuela pública (tabla 60). Los quinientos mil obreros que trabajaban cuatro meses al año existían. Lo que hizo fue mezclar esos números con otros que no lo eran, y no corregirlos nunca.
Lo último no le gusta al régimen, pero tampoco del todo al exilio. McGuire y Frankel, que estudiaron sesenta años de mortalidad en Cuba, concluyen que la República, de 1900 a 1959, «did even better» que la Revolución: redujo la mortalidad más que cualquier otro país latinoamericano con datos, «despite experiencing slow economic growth and high income inequality», a pesar de un crecimiento lento y de una desigualdad alta. La salud mejoraba aunque la economía no creciera. Ese dato no cabe en ninguna de las dos listas.
Lo que quedó
Con los documentos de la época en la mano, la Cuba de 1958 era un país de ingreso medio alto para América Latina, parecido a Italia y por encima de España, con televisión desde 1950, diarios, médicos y una clase media urbana de verdad. Era también un país que llevaba treinta años sin crecer de verdad, que dependía de una cosecha de tres meses, con un campo de bohíos y pozos donde la mitad del año no había trabajo, con el racismo escondido detrás de la puerta de los clubes, y gobernado desde 1952 por un dictador que mataba a sus opositores y les ponía una bomba al lado.
Las dos propagandas necesitan borrar una de esas dos Cubas. El régimen necesita que no hubiera televisores ni médicos, para que todo empiece en 1959. Parte del exilio necesita que no hubiera bohíos ni Batista, para que todo lo malo empiece en 1959. Las dos hacen lo mismo con la historia: le quitan la mitad.
Los católicos que recorrieron el campo en 1957 no pedían una revolución. Lo dejaron escrito: el trabajador agrícola «no pide repartos de riqueza, ni subsidios: pide trabajo». Lo que vino después no era la única respuesta posible a esa encuesta. Es la que se impuso, y de eso va el resto de esta serie.
Siguiente episodio. «Unos 70 muertos es el trágico balance»: el asalto al Moncada: el asalto al Moncada con los papeles de 1953, la matanza de prisioneros y lo que se construyó encima.
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