El 11 de julio de 2021, poco después de las cuatro de la tarde hora local, el tráfico de internet de Cuba cayó a cero.
No es una metáfora. La empresa de análisis de redes Kentik lo registró: las rutas BGP del país se desplomaron de golpe. Su director de análisis de internet, Doug Madory, explicó por qué aquello no podía ser una avería ni una saturación por exceso de usuarios: cuando una red se satura, el servicio se degrada poco a poco, se pone lento, se entrecorta. Lo que se vio en Cuba fue un corte abrupto. Alguien apagó un interruptor.
Qué es BGP, y por qué es el interruptor
Internet no es una red, son decenas de miles de redes independientes que acuerdan pasarse tráfico entre ellas. Ese acuerdo se anuncia con un protocolo llamado BGP, que en el fondo dice: «por aquí se llega a estas direcciones». Cada operador anuncia sus rangos y el resto del mundo aprende el camino.
Si un operador deja de anunciar sus rutas, deja de existir para los demás. No hay que cortar ningún cable ni derribar ninguna antena: basta con retirar el anuncio. Los paquetes que buscaban la isla se quedan sin camino y se pierden. Es la diferencia entre tapiar una puerta y borrar la dirección del mapa.
Por eso el corte se ve tan limpio en los datos y por eso Madory podía afirmar que fue deliberado. Un fallo eléctrico o un cable roto dejan un rastro distinto.
Por qué en Cuba es tan fácil
En la mayoría de los países hay varios operadores compitiendo. Apagar el internet nacional exige coordinar a muchas empresas, y cada una es un testigo y un punto de fuga.
En Cuba no. ETECSA es el único operador de telecomunicaciones del país, y es propiedad del Estado. Toda la conectividad de once millones de personas pasa por una sola empresa que responde a un solo dueño. No hace falta una orden judicial, ni un consenso, ni convencer a nadie. Es una llamada.
Esa es la vulnerabilidad estructural, y no tiene arreglo técnico: es de diseño político. Un país con un solo operador tiene un solo interruptor.
Lo que pasó después, que es lo verdaderamente instructivo
Hay que ser preciso, porque se repite mucho la idea de que Cuba estuvo «cuatro días sin internet» y no fue exactamente así.
El apagón total fue corto: unos treinta minutos, seguidos de varias horas de cortes parciales. Reventar la conectividad de un país entero es caro, se nota desde fuera y perjudica también al Estado, que necesita sus propios sistemas.
Lo que vino después fue más inteligente y más barato: bloqueo selectivo. NetBlocks midió la interrupción de WhatsApp, Facebook, Instagram y algunos servidores de Telegram sobre la red de ETECSA, incluida la telefonía celular de Cubacel, y después también restricciones a YouTube y a los servidores de video de Google. Esa interrupción se prolongó, según sus mediciones, del 12 al 18 de julio. Medios cubanos independientes situaron el restablecimiento hacia el 15. La fecha exacta varía según quién midiera y desde dónde, pero el patrón no: fueron días, no minutos.
Y ahí está la lección. No necesitaban dejar al país sin internet. Necesitaban cortar los canales por los que salían las imágenes. El resto podía seguir funcionando: la banca, los correos oficiales, la televisión. Un apagón total es un titular internacional. Bloquear WhatsApp es casi invisible desde fuera y hace exactamente el mismo trabajo.
Lo que esto enseña
La censura moderna no consiste en apagar internet. Consiste en decidir qué partes de internet siguen encendidas. Es quirúrgica, es reversible en cualquier momento y se puede negar con facilidad: ETECSA habló entonces de una «afectación».
También enseña algo sobre el precio. Si el régimen estuvo dispuesto a cortar el país entero, aunque fuera media hora, es porque lo que circulaba por esas redes le pareció más peligroso que el costo de apagarlas. Las imágenes de aquel domingo valían eso.
Un último dato, que merece su propio artículo: mientras las plataformas estaban bloqueadas, alrededor de un millón y medio de cubanos encontraron la manera de salir de todos modos. Eso lo cuento aparte.
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