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Un Cubano Libre

Serie «Historia de Cuba» · Temporada 2, episodio 4

Portada: dos fichas de cita en papel claro sobre fondo azul de medianoche. La primera, con el encabezado 1961, Ministerio de Educación, manual Alfabeticemos, página 5, dice: incorporar a casi la tercera parte de nuestra población a la comprensión del proceso revolucionario. La segunda, con el encabezado 18 de junio de 1961, carta de un alfabetizado, leída por Fidel Castro, dice: Yo ya comprendo las cosas de la Revolución, con la palabra Revolución en rojo. Arriba, Historia de Cuba, temporada 2, episodio 4. Abajo, La campaña de alfabetización, 1961, y la marca Un Cubano Libre.
Dos frases del mismo año: el propósito de la campaña según el manual del Ministerio de Educación, y una línea de las cartas de alfabetizados que Fidel Castro leyó en público el 18 de junio de 1961, según la versión taquigráfica oficial. Son fichas con la tipografía de este sitio, no facsímiles.

El 18 de junio de 1961, en la Ciudad Deportiva de La Habana, Fidel Castro entregó certificados a los primeros alfabetizados de la provincia y leyó desde la tribuna frases sacadas de sus cartas. El taquígrafo oficial las anotó con los aplausos: «Yo ya comprendo las cosas de la Revolución (APLAUSOS)». «Dios quiera que usted nunca nos falte a los humildes.» «Gracias por librarnos del imperialismo (APLAUSOS).» «Rusia nos da, el yanki nos quita, por eso nosotros estamos con Nikita.» «Quisiera me mandara el libro de seguimiento (APLAUSOS).» Castro avisó de que no era una carta sino una selección: «los coordinadores habían extraído un pensamiento de cada una de esas cartas».

La gente que escribió esas frases no sabía escribir seis meses antes. Eso es verdad y va primero, porque es lo que una parte del exilio prefiere saltarse. Lo segundo es lo que escribieron, y a quién. La prueba de que un cubano había aprendido a leer y a escribir en 1961 era una carta al Primer Ministro, y el Primer Ministro escogió para leer en público las que hablaban de él.

Este episodio va de esas dos cosas a la vez, y no voy a escoger una. La campaña de alfabetización enseñó a leer a cientos de miles de personas, y fue también una movilización política que el propio Estado describió como tal, con sus palabras, en sus libros y en sus discursos. No hace falta interpretar nada. Hace falta leer el manual que llevaban los muchachos en la mochila y hacer una división que el gobierno hizo de una manera en 1953 y de otra en 1961.

El episodio en video tiene dos partes. Esta es la primera, unos once minutos: las dos cifras y la división que cambia de denominador. La segunda está más abajo, en la sección del libro del maestro. Si prefieres leer, el artículo lleva las fuentes enlazadas una a una.

Lo que fue

La promesa se hizo en Nueva York. El 26 de septiembre de 1960, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, Castro anunció que «Cuba será el primer país de América que a la vuelta de algunos meses pueda decir que no tiene un solo analfabeto». Un mes antes, el 29 de agosto, ya le había puesto nombre al año siguiente y había dicho cómo pensaba hacerlo: «el año que viene será el “Año de la Educación”», y la batalla se ganaría «movilizando al pueblo».

El 28 de enero de 1961, en Santa Clara, dio los detalles. Iba a reclutar «un ejército de 100 000 alfabetizadores entre los estudiantes desde 13 años en adelante». Para eso, «las clases en todas las secundarias básicas y preuniversitarias, van a terminar este año el 15 de abril». Irían los que quisieran y cuyas familias «estén de acuerdo». El requisito era tener «de sexto grado en adelante, y por lo menos 13 años de edad». Recibirían uniforme, pasaje y diez pesos al mes. La universidad quedaba fuera, por la urgencia de formar ingenieros y técnicos.

Los números finales de la fuerza los da el informe que dos expertos enviados por la UNESCO, Anna Lorenzetto y Karel Neys, escribieron después de visitar Cuba en 1964: 120.632 alfabetizadores populares, 13.016 obreros de las brigadas «Patria o Muerte», 34.772 maestros y los brigadistas «Conrado Benítez», que fueron 105.664 al pasar por el campamento de Varadero y 89.500 al terminar la campaña (página 27 del informe). De esos 105.664, 54.953 eran muchachas. El mismo informe dice que la edad media era «de 14 a 16 años, pero algunos eran más jóvenes», y que el 52 % venía de la escuela primaria (página 45). Eran, en su gran mayoría, menores de edad.

Pasaron meses en el campo, muchos en casas de campesinos, con un farol y dos libros. Uno de ellos le contó años después al escritor estadounidense Jonathan Kozol que se levantaban a las cinco de la mañana para trabajar en el campo y que por la noche se sentaban a enseñar (página 40). El 5 de septiembre Castro anunció que el curso siguiente tampoco empezaría a tiempo: «El curso va a empezar no en septiembre, el curso va a empezar en enero», y reconoció que para muchas familias aquello era «un dolor de cabeza». El 22 de diciembre, en la Plaza de la Revolución, proclamó que Cuba era «Territorio Libre de Analfabetismo».

Las cifras oficiales del cierre son tres y no han cambiado en sesenta y cinco años: 979.207 analfabetos localizados, 707.212 alfabetizados y 271.995 que no lo fueron. Están en el informe de la misión de la UNESCO (páginas 27 y 29) y en la historia oficial cubana. De ellas sale el porcentaje más repetido de la historia de la educación en Cuba: del 23,6 % de analfabetismo al 3,9 %, en un año.

El año, fecha por fecha

29 de agosto de 1960
Castro anuncia que 1961 será el «Año de la Educación» (versión taquigráfica).

26 de septiembre de 1960
En la ONU: Cuba será el primer país de América que pueda decir «que no tiene un solo analfabeto» (versión taquigráfica).

5 de enero de 1961
Alzados del Escambray detienen al maestro voluntario Conrado Benítez, de 18 años, y lo matan (acta leída por Castro).

28 de enero de 1961
Santa Clara: cien mil alfabetizadores «desde 13 años»; las clases de secundaria terminarán el 15 de abril (versión taquigráfica).

27 de marzo de 1961
Castro: «Peligro no hay para ningún alfabetizador» (versión taquigráfica).

Mediados de abril de 1961
Llegan a Varadero los primeros dos mil brigadistas, en los días del bombardeo a los aeropuertos y de Girón (informe de la misión, página 43).

1 de mayo de 1961
Castro anuncia la nacionalización de las escuelas privadas y la anulación del permiso de residencia a los sacerdotes extranjeros (versión taquigráfica).

6 de junio de 1961
Ley de Nacionalización General y Gratuita de la Enseñanza (texto).

18 de junio de 1961
Primeras cartas de alfabetizados: «Yo ya comprendo las cosas de la Revolución» (versión taquigráfica).

5 de septiembre de 1961
«El curso va a empezar no en septiembre, el curso va a empezar en enero» (versión taquigráfica).

17 de septiembre de 1961
Sale de La Habana el vapor Covadonga con más de 130 sacerdotes expulsados (La Vanguardia).

8 de noviembre de 1961
Melena del Sur, primer municipio «libre de analfabetismo». Los que se niegan «son gusanos» (versión taquigráfica).

26 de noviembre de 1961
Alzados ahorcan en Trinidad al brigadista Manuel Ascunce, de 16 años, y al campesino Pedro Lantigua (parte de Castro, dos días después).

1 al 2 de diciembre de 1961
Castro se declara marxista-leninista en una comparecencia de madrugada (traducción de 1962).

20 de diciembre de 1961
Tabla de cierre: 667.484 alfabetizados, 39.728 aprendiendo, 271.995 «inalfabetizables» (revista Varona).

22 de diciembre de 1961
Plaza de la Revolución: «Territorio Libre de Analfabetismo». El discurso no da la cifra (versión taquigráfica).

27 de febrero a 27 de marzo de 1964
Visita de la misión de la UNESCO, a petición del gobierno (informe, páginas 9 y 10).

1970
El censo da 12,9 % de analfabetismo entre los mayores de diez años (Mesa-Lago, páginas 79 y 80).
Solo lo que cita este artículo, con su fuente. En rojo, las fechas sobre las que se apoya el texto.

De dónde se partía

El 23,6 % es un dato bueno. Sale del censo de 1953: 1.032.849 personas que no sabían leer y escribir entre las 4.376.529 que tenían diez años o más. El informe de la misión de la UNESCO reproduce la tabla por provincias (página 15), y lo que enseña esa tabla es un país partido en dos: La Habana con 9,2 % y Oriente con 35,3 %. En las ciudades el analfabetismo era de 11,6 % y en el campo de 41,7 %, según el cuadro que publicó el economista Carmelo Mesa-Lago (página 237) con los datos del censo. En el campo, dos de cada cinco personas no sabían leer.

El promedio, en cambio, era de los mejores del continente. El estudio de la UNESCO World Illiteracy at Mid-Century, de 1957, pone a Cuba hacia 1950 en el tramo de 20 a 25 % de analfabetismo adulto, junto a Chile y Costa Rica y detrás de Argentina y Uruguay (páginas 40 a 43). Con los censos en la mano: Argentina 13,6 %, Chile 19,9 %, Costa Rica 20,6 %, Cuba 22,1 % entre los mayores de quince años. Cuarta o quinta de América Latina, según se cuente a Uruguay. El Departamento de Estado, con el anuario estadístico de la ONU de 1957, la pone cuarta. Lo que suele decir el exilio, que Cuba ya estaba entre los países más alfabetizados de la región, es verdad. El Anuario Demográfico de la ONU de 1960 (página 437) añade un detalle que casi nadie recuerda: en 1953 las cubanas estaban más alfabetizadas que los cubanos, 20,0 % de analfabetismo frente a 24,2 %.

Y la cifra venía bajando desde que hay censos. Los originales están en línea: 56,8 % en 1899, 43,4 % en 1907, 39 % en 1919. Lo que también dicen los números, y esto no favorece a la República, es que el descenso se paró. Entre 1931 y 1943 la tasa no se movió del 28 %, y entre los mayores de quince años fue de 20,9 % en 1943 y de 22,1 % en 1953, según el mismo anuario de la ONU, que avisa de que la definición cambió de un censo a otro. El país llevaba veinte años sin avanzar con sus adultos, y el campo estaba donde estaba.

Con ese punto de partida, el Estado ha dado otros. En 1953, en La historia me absolverá, Castro había escrito que era inconcebible que «el treinta por ciento de nuestros campesinos no sepan firmar», que es menos de lo que dio el censo de ese mismo año. En la ONU, en 1960, Castro dijo que «treinta y siete y medio por ciento de nuestra población era analfabeta», sin citar fuente. Un año después usaba en sus discursos el número del censo. En 2021 la ministra de Educación resumió 1958 en cuatro cifras sin porcentaje: «un millón de analfabetos absolutos, más de un millón de semianalfabetos, 600 000 niños sin escuelas y 10 000 maestros sin trabajo». Al día siguiente el periódico Trabajadores escribió «800 mil niños sin escuelas». Y en 2017 un medio oficial, Cubahora, publicó que los 979.207 analfabetos de entre 6.933.253 habitantes eran «el 31 por ciento de la población». La división, con esos dos números, da 14,1 %.

Dos cifras que no miden lo mismo

El 23,6 % de 1953 se calculó sobre las personas de diez años o más. El 3,9 % de 1961 se calculó sobre toda la población, incluidos los niños de pecho. No lo digo yo: lo dice la tabla de la página 29 del informe de la misión de la UNESCO, que divide 271.995 entre 6.933.253, y lo dice la historia oficial cubana, en la revista de la Universidad de Ciencias Pedagógicas: «3,9 por ciento del total de la población». El politólogo Richard Fagen, de Stanford, lo explicó en 1969 en una nota al pie: los analfabetos que quedaron eran «aproximadamente el 3,9 por ciento de la población total estimada», y por eso desde 1962 Cuba informó de una alfabetización de 96,1 %, «la más alta de América Latina» (página 54). El economista Richard Jolly, que estuvo en Cuba en 1962, añadió que la cifra no tiene en cuenta a los analfabetos que la campaña no encontró (página 204).

Si se hace la cuenta como en 1953, entre los mayores de diez años, el resultado es otro. No hay estructura de edades publicada para 1961, así que lo que sigue es un cálculo mío y lo marco como tal: si la proporción de mayores de diez años era la de 1953, tres de cada cuatro habitantes, los 271.995 que no aprendieron eran alrededor del 5,2 %. Sigue siendo una reducción enorme. Pero no es la cifra que se proclamó, y las dos cifras que se comparan desde hace sesenta y cinco años no miden lo mismo.

Lo segundo es quiénes son esos 271.995. La tabla de cierre de la campaña, fechada el 20 de diciembre de 1961 y conservada en el Museo de la Alfabetización, la publicó un historiador oficial, Felipe de J. Pérez Cruz, en la revista Varona (página 21). Tiene una fila para los «analfabetos inalfabetizables», con 271.995, y otra para los «analfabetos sin aprender», que está vacía. Todo el que no aprendió quedó clasificado como alguien que no podía aprender. En la misma tabla hay 667.484 «alfabetizados» y 39.728 «aprendiendo». Sumados dan 707.212, que es la cifra oficial de alfabetizados, la que el Estado repite desde entonces. Ese mismo 20 de diciembre, en una reunión con los directores de las Escuelas de Instrucción Revolucionaria, Castro la redondeó: «700 000 personas». La tabla no dice que esas dos filas se sumaran. Yo solo digo que la suma da ese número.

El método se ve mejor en pequeño. Melena del Sur fue el primer municipio declarado libre de analfabetismo, el 8 de noviembre, y Castro dio allí las cuentas: «había 2 868 analfabetos, entre 14 y 100 años de edad»; 23 murieron, 61 se mudaron, «se negaron 103 a estudiar», 412 eran «inalfabetizables» y 2.269 fueron alfabetizados. El territorio libre de analfabetismo tenía, ese día, 515 analfabetos con nombre y apellido. Un mes después Castro usó la fórmula exacta: se había cumplido la meta de alfabetizar a «todos los adultos alfabetizables».

Lo tercero es qué quería decir «alfabetizado». El informe de la misión lo dice sin rodeos: el nivel que se buscaba era «el del primer grado» (página 29), el curso duraba de dos a tres meses y las pruebas no se calificaban, porque «el alfabetizador es el único que sabe cómo progresa el alumno» (página 36). Fagen, que simpatizaba con la campaña, escribió que ese nivel era «demasiado bajo para tener utilidad real e inmediata» en el trabajo o en la casa, y que sin seguimiento se perdería (página 54). Jolly calculó que en agosto de 1962 seguía en clases «alrededor de un tercio» de los 707.000 (página 211).

Y lo cuarto es el ritmo. Según las cifras que dio el propio Castro, el 1 de noviembre habían aprendido 353.623 personas, y el 20 de diciembre eran «700 000». En siete semanas se habría alfabetizado a tanta gente como en los diez meses anteriores. Fagen ya lo había notado con los datos de agosto: a finales de ese mes solo figuraban 119.000 alfabetizados (página 50).

Nueve años más tarde hubo un censo de verdad. Mesa-Lago, citando la publicación oficial de la Junta Central de Planificación, escribió que «la tasa de analfabetismo, que oficialmente había sido reducida a 3,9 % en 1961, se mostró que era, en verdad, un 12,9 % en el censo de población de 1970, un logro importante, pero no tanto como se pretendió en un principio» (páginas 79 y 80; el mismo dato, en inglés, en su libro de 1981, página 164). En el campo, 21,5 %. No he podido ver el censo de 1970 en original, y hay que decir que otro académico de primera línea, Jorge Domínguez, escribió en 1978 que ese dato no se había publicado. La cifra de Mesa-Lago es posterior y cita el documento. Una cifra del exilio que circula para 1970, 10,7 %, no tiene fuente que yo haya encontrado, y no la uso.

Las cifras, una por una
Lo que se dice Lo que dice el documento
Antes de 1959 había 23,6 % de analfabetos Cierto. Censo de 1953: 1.032.849 de 4.376.529 personas de diez años o más (informe de la misión de la UNESCO, página 15). En el campo, 41,7 %; en La Habana, 9,2 %.
Había 37,5 % de analfabetos Lo dijo Castro en la ONU el 26 de septiembre de 1960, sin fuente. No coincide con el censo que él mismo usó después.
Cuba ya era de los países más alfabetizados de América Latina Cierto: cuarta o quinta hacia 1950 (UNESCO, 1957). El promedio tapaba al campo, y entre los adultos la tasa llevaba veinte años sin bajar (ONU, 1960).
Se alfabetizó a 707.212 personas Cifra de la Comisión Nacional de Alfabetización. Coincide con la suma de 667.484 «alfabetizados» y 39.728 «aprendiendo» al 20 de diciembre (tabla de cierre). Nadie de afuera la midió.
El analfabetismo bajó a 3,9 % Son 271.995 entre 6.933.253: toda la población, niños incluidos (página 29 del informe). Con el criterio de 1953 sería alrededor de 5,2 %. Ese cálculo es mío.
Los que quedaron no podían aprender Así figuran los 271.995, todos, como «inalfabetizables». La fila de los que no aprendieron está vacía (tabla de cierre).
Aprendieron a leer y a escribir Hasta un nivel de primer grado, en dos o tres meses y con pruebas que no se calificaban (páginas 29 y 36 del informe).
La UNESCO lo certificó Dos expertos, un mes, en 1964, invitados por el gobierno. Reproducen las cifras oficiales. El informe lo publicó el Ministerio de Educación de Cuba (catálogo de la UNESCO).
El censo siguiente lo confirmó No. En 1970 dio 12,9 % entre los mayores de diez años, y 21,5 % en el campo, según Mesa-Lago, que cita el censo. No he visto el original.
Fue un fraude No. Ningún académico consultado lo sostiene. Domínguez: la reducción «fue real, aunque quizás menos impresionante».
Cada fila dice de dónde sale. «Cálculo mío» quiere decir que la cuenta no está en ninguna fuente y que la hice con los números de las fuentes.

Quién lo certificó

Cuando el Estado cubano quiere un aval para la campaña cita a la UNESCO, y cita una frase: «La Campaña no fue un milagro sino una difícil conquista, lograda a fuerza de trabajo, de técnica y organización». La frase existe. Está en la página 72 del informe de Lorenzetto y Neys. Lo que casi nunca se dice es qué informe es.

La misión fue a Cuba «a petición del Gobierno cubano» y estuvo un mes, del 27 de febrero al 27 de marzo de 1964, más de dos años después de terminada la campaña (páginas 9 y 10). El informe no lo publicó la UNESCO. Lo publicó el Ministerio de Educación de Cuba, con una introducción firmada en Ciudad Libertad el 6 de julio de 1965, y el catálogo de la UNESCO da como autor corporativo a la Comisión Nacional Cubana. La lista de entrevistas del apéndice tiene 38 entradas: ministros, viceministros, el coordinador nacional de los Comités de Defensa de la Revolución, el director de las Escuelas de Instrucción Revolucionaria. No hay en ella un solo alfabetizado, ni un brigadista, ni un padre. Las 22 fuentes escritas son publicaciones oficiales cubanas.

Los expertos no midieron nada. Presentan las cifras como «los resultados de las estadísticas nacionales» (página 27) y reconocen que la brevedad de la visita «no permitió un estudio profundo y exhaustivo» (página 10). Eso no los convierte en mentirosos ni vuelve falso el informe. Lo vuelve lo que es: la descripción, hecha por dos visitantes favorables, de lo que el gobierno les enseñó. Y precisamente por eso vale lo que dicen sobre la política, porque lo dicen como elogio.

Segunda parte del episodio en video, unos catorce minutos: el examen que era una carta, el manual del alfabetizador página por página y los dos muertos de la campaña.

El libro del maestro

La campaña tuvo dos libros, los dos del Ministerio de Educación y los dos de 1961. La cartilla del alumno se llamaba ¡Venceremos! y tenía quince lecciones. El manual del alfabetizador se llamaba Alfabeticemos, y está escaneado entero, cien páginas, en un archivo de California. Todo lo que sigue sale de esas páginas, y doy el número de cada una para que se pueda comprobar.

La página 5 empieza así: «Una de las metas más ambiciosas que se ha propuesto el Gobierno Revolucionario es la erradicación del analfabetismo en 1961, “Año de la Educación”. Con ello se propone incorporar a casi la tercera parte de nuestra población a la comprensión del proceso revolucionario y a su rápida evolución, así como incrementar la producción por medio de una mayor capacitación cultural y técnica». El orden de los fines es el del original.

El manual tiene tres partes. Las orientaciones para enseñar ocupan diez páginas. Los «Temas de Orientación Revolucionaria» y la Declaración de La Habana ocupan cincuenta y cuatro. El resto es un vocabulario. Los temas son veinticuatro y los he comprobado uno por uno contra el índice: «La Revolución», «Fidel es nuestro líder», «La tierra es nuestra», «Amigos y enemigos», «El imperialismo», «La democracia», «La libertad de cultos». Una tabla de la página 8 le dice al alfabetizador qué tema corresponde a cada lección de la cartilla, para que sepa de qué hablar antes de abrir el libro. La primera lección de la cartilla, la de las vocales, se llama «OEA». Lo sé por el manual, que le explica al maestro cómo darla: «Destaque la frase Organización de Estados Americanos. Haga observar que OEA son las letras iniciales de cada una de estas palabras» (página 17). El tema que la acompaña explica que los delegados ante ese organismo «no son más que lacayos del imperialismo» (página 52).

Dos páginas impresas de un libro de 1961, en papel amarillento, separadas por una línea de puntos. Arriba, la página 5, que empieza Compañero alfabetizador y dice que con la erradicación del analfabetismo el Gobierno Revolucionario se propone incorporar a casi la tercera parte de nuestra población a la comprensión del proceso revolucionario. Abajo, la página 54, Tema XVI, La democracia, con un epígrafe de Fidel Castro sobre entregar un fusil a cada ciudadano y un texto que dice que en el pasado la democracia consistía en el derecho de votar en las elecciones, entre comillas.
Dos páginas de Alfabeticemos, el manual del alfabetizador. Arriba, la página 5, donde el Ministerio de Educación dice para qué es la campaña. Abajo, la página 54, el tema XVI, «La democracia». Imprenta Nacional de Cuba, 1961; escaneo de Freedom Archives. Las páginas están recortadas por los márgenes y el texto no se ha tocado.

El tema XVI se titula «La democracia» y cabe en una página, la 54. Empieza: «En el pasado y entre nosotros, la democracia consistía en el derecho que se le daba al pueblo de “votar en las elecciones”». Las comillas son del original. Sigue: «Por eso, aquello no era democracia». Y termina: «Una verdadera Democracia, como ha hecho nuestra Revolución, no vacila en dar armas a los obreros, a los campesinos, a las mujeres y a los estudiantes para que la defiendan». En toda la página no hay una elección futura, ni un partido, ni un periódico. El tema XI dice quiénes son los amigos: «la Unión Soviética, la China Popular y los demás estados socialistas» (página 43).

El vocabulario tiene más de trescientas palabras. Muchas son las que uno espera: «Bohío», «Zapateo. Baile típico de nuestros campos». Otras no. AP es «Associated Press. Prensa Asociada. Agencia de noticias norteamericana al servicio de los intereses del imperialismo yanqui» (página 80). Máximo Líder de la Revolución es «Jefe superior de la Revolución (Fidel Castro)» (página 90). Vigilancia Colectiva Revolucionaria es «Organización de las masas populares encaminadas a cortar la acción de los elementos contrarrevolucionarios por medio de la actuación de todos» (página 98). Y hay una que explica sola todo lo que vino después. Libertad de prensa: «Derecho de exponer libremente por medio de la prensa los pensamientos. La revolución cubana garantiza la libertad de prensa siempre que no se utilice para atacar los intereses del pueblo» (páginas 89 y 90).

Dos definiciones del manual
Tema XVI · La democracia
«En el pasado y entre nosotros, la democracia consistía en el derecho que se le daba al pueblo de “votar en las elecciones”.»
Alfabeticemos, página 54. Las comillas de dentro son del original.
Vocabulario · Libertad de prensa
«La revolución cubana garantiza la libertad de prensa siempre que no se utilice para atacar los intereses del pueblo.»
Alfabeticemos, páginas 89 y 90.
El manual era el libro con el que cada alfabetizador preparaba la conversación que abría la lección. Ministerio de Educación de Cuba, 1961.

Conté las palabras, con un programa y sobre el texto que trae el propio escaneo, así que las cifras son mínimos. En los veinticuatro temas la familia de «revolución» aparece 55 veces, la de «imperialismo» 31 y «Fidel» 20. «Leer» y «escribir», sumadas, cuatro. «Comunismo» y «marxismo» no aparecen ni una vez en todo el libro: en el momento en que se imprimió, antes de Girón, todavía no se decían.

Hay que ser justo con la cartilla, que no es lo mismo que el manual. Fagen la leyó y anotó que su contenido político era «limitado y desigual», con frases de ejercicio corrientes junto a otras que él traduce al inglés como «Now the fisherman is not exploited», ahora al pescador no lo explotan (nota 18 del capítulo 3). La política fuerte iba en el libro del maestro, que era quien hablaba. Yo no he podido ver la cartilla: no está escaneada en ningún sitio que haya encontrado, y por eso no cito ninguna de sus frases como si la hubiera leído. Circula en internet que tenía lecciones llamadas «La Revolución» y «Fidel es nuestro líder». No es así: esos son temas del manual.

El examen era una carta

Había tres pruebas: inicial, intermedia y final. El informe de la misión reproduce la planilla de la última, y tiene seis puntos. Escribir el nombre. Escribir la dirección. Leer un párrafo que dice: «El Gobierno Revolucionario quiere convertir a Cuba en un país industrializado. Se crearán muchas industrias. Trabajarán muchos obreros. Se acabará el desempleo». Contestar preguntas sobre el párrafo; la primera es qué quiere el Gobierno Revolucionario. Hacer un dictado. Y el sexto, que el informe da en inglés: «Write Dr. Fidel Castro the letter he asked for». Escríbale al doctor Fidel Castro la carta que él pidió.

La carta tenía un uso práctico, y lo digo porque es cierto: daba derecho a recibir el libro de seguimiento para continuar estudiando. Castro lo explicó aquel 18 de junio: «esas cartas, naturalmente, se archivarán. Cada uno de los alfabetizados que escriba recibirá un libro». El alfabetizador la entregaba al Consejo Municipal, y el expediente de cada alumno se guardaba en el archivo de la campaña de su municipio. El examen de lectura y el acto de adhesión eran el mismo papel, y el papel quedaba archivado.

Hay un testimonio, uno solo y contado cincuenta y cuatro años después, de cómo se cerró la cuenta en un aula. Blanca Acosta Rabassa tenía diez años y alfabetizaba en una finca de Matanzas. Cuenta que un día llegó el coordinador de la zona y le dijo: «Escribe tú la carta al Comandante y que ellos la copien». Ella se negó, porque a sus alumnos les faltaba un mes. Es una persona y una finca, no prueba nada sobre el total, y la misma autora escribe que aquellos pudieron ser «los mejores meses de mi vida». Lo cuento porque es el único relato que he encontrado, de alguien que estaba allí, sobre cómo se llegaba a la carta.

Esas cartas están hoy en el Museo Nacional de la Campaña de Alfabetización, en Ciudad Libertad, que es el antiguo campamento de Columbia, el mismo lugar del «¿Voy bien, Camilo?». La UNESCO inscribió el fondo en 2017 en el registro regional de la Memoria del Mundo, el de América Latina y el Caribe, no en el internacional, y la ficha describe las cartas como escritas «como prueba» de saber leer y escribir. Se repite que el museo guarda más de 700.000 cartas. No he encontrado ningún documento que dé ese número: 707.212 es la cifra de alfabetizados, y la ficha de la UNESCO habla de «más de cien mil documentos y piezas» en total.

Para qué, con sus palabras

Nadie explicó el propósito de la campaña mejor que Castro. El 18 de junio dijo por qué el plazo era de un año y no de tres: «jamás se habría logrado movilizar un contingente tan grande de educadores», porque «los pueblos se enamoran de las grandes tareas». El 5 de septiembre dio otra razón para tener a los muchachos repartidos por el país: «es, en cierto sentido, una medida de seguridad», por si había una guerra atómica. Y el 8 de noviembre les dijo a los brigadistas lo que esperaba de ellos: «Ustedes van a regresar a las aulas con una experiencia y una actitud frente a la vida, más revolucionaria». «Vamos a ver cómo se portan en el estudio, y cómo avanzan políticamente.»

Las becas que vinieron después tenían una condición. Para entrar en la primera escuela de maestros primarios había que «haber sido brigadistas, condición inexcusable». El curso especial de maestras tendría por la mañana magisterio y «por la tarde estudiarán economía y doctrinas políticas». Entre las becas del 22 de diciembre había 2.300 para profesores de ruso.

El discurso de ese día, el de la proclamación, es el mejor resumen. Tiene 7.189 palabras y las conté por familias, con la palabra y sus derivados. «Imperialismo» y los suyos, 56 veces. «Revolución», 53. «Analfabetismo» y «analfabetos», 21. «Socialismo», 16. «Alfabetizar» y derivados, 7. «Carta», ninguna. El discurso no da la cifra de alfabetizados, ni la de los que no aprendieron. Dice, en cambio, «¡esto es el socialismo!», y dice «¡por eso somos marxista-leninistas!, ¡y por eso seremos siempre marxista-leninistas!». Tres semanas antes, en una comparecencia de madrugada que no está en el archivo oficial de discursos y de la que solo he encontrado el texto íntegro en una traducción al inglés de 1962, Castro se había declarado marxista-leninista. Dos días antes del acto explicó por qué no lo había dicho en la Sierra: «posiblemente no hubiéramos podido bajar al llano».

Los de afuera vieron lo mismo y lo contaron cada uno a su manera. Los expertos de la UNESCO, como elogio: la campaña «fue, en sí misma, un hecho político», y gracias a ella el campesino «ha aprendido a leer y se ha convertido en revolucionario» (páginas 72 y 73). La inteligencia de Estados Unidos, como diagnóstico: una estimación secreta de marzo de 1962 dice que la operación sirvió a «tres propósitos políticos», organizar y adoctrinar a los brigadistas, hacer a los alfabetizados «accesibles a la propaganda del régimen» e impresionar a América Latina, y que «en general» los logró (NIE 85-62, párrafo 47). Ese documento no discute la cifra de alfabetizados. Ningún documento de Estados Unidos que yo haya visto la discute.

Mientras los brigadistas estaban en el campo, el Estado se quedó con las escuelas. El 1 de mayo Castro anunció «una ley nacionalizando las escuelas privadas» y, en el párrafo anterior, otra que anularía el permiso de residencia de «todo sacerdote extranjero». La ley del 6 de junio adjudicó al Estado todos los centros privados y dejó la indemnización en manos del ministerio, según que los dueños y los profesores no hubieran «actuado contra los intereses de la Revolución». El 17 de septiembre salió de La Habana el vapor Covadonga con los sacerdotes expulsados: 131 según Castro, que los llamó «curas falangistas», y según la prensa española a la llegada; 135 según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Un despacho de la agencia EFE publicado por La Vanguardia dice que 46 de ellos eran cubanos. La Comisión Internacional de Juristas lo resumió al año siguiente: «Desde la Universidad de La Habana hasta el último colegio o escuela primaria, todos han sido puestos bajo la dirección estatal» (página 268). Cuando los muchachos regresaron en diciembre, la escuela a la que volvían era otra.

Los muchachos

Castro había dicho trece años y sexto grado. La estadística de la propia Comisión de Alfabetización, que recogió Kozol, un entusiasta de la campaña, dice que de los brigadistas el 40 % tenía entre diez y catorce años y el 47 % entre quince y diecinueve (página 6). El más joven de la lista tenía ocho. Más de la mitad venía de la escuela primaria. El propio Castro lo dijo en Playa Girón el 27 de julio: «hay algunos muchachos que ustedes ven pequeñísimos, de 10 y 12 años, que han estado alfabetizando». En 2021 la ministra de Educación lo dijo sin darle importancia: eran estudiantes «con edades entre siete y 19 años».

El permiso de los padres existía. Lo que no está claro es cuánto valía. Un exbrigadista le contó a Kozol que a los catorce años llevó el papel a su casa, que su madre dijo que no firmaba, y que él contestó que firmaría por ella o se escaparía. La madre firmó (página 38). La prensa oficial publica hoy esos recuerdos como un mérito. En Juventud Rebelde, en 2021, una alfabetizadora cuenta: «no dudé en incorporarme, a pesar de que mis padres no me dieron su visto bueno». Y otra: «Mis padres no querían porque era una niña, pero me impuse».

Alrededor de los muchachos corrió aquel año un rumor: que el gobierno iba a quitarles a los padres la patria potestad. Era falso. Nunca hubo tal ley, y el único texto que se conoce es el que Castro leyó en público el 19 de septiembre, con las copias clandestinas en la mano, para burlarse. Él mismo había unido el rumor con la campaña seis meses antes: los contrarrevolucionarios, dijo, «se dedican a sembrar rumores, para tratar de atemorizar a los padres, de manera que sus hijos no vayan a enseñar». La historiadora María de los Ángeles Torres, que salió de Cuba a los seis años, sostiene en The Lost Apple que lo difundió Radio Swan, una emisora de la CIA, y se apoya en parte en archivos de la inteligencia cubana. No he encontrado un documento de Estados Unidos que lo confirme.

Falso el rumor, el miedo era de verdad, y tenía de qué alimentarse. Entre diciembre de 1960 y octubre de 1962 salieron de Cuba hacia Miami, solos, 14.048 menores: la Operación Peter Pan. Torres escribe que si hay que señalar una sola medida del gobierno como detonante de que aquello se volviera masivo, fue el cierre de las escuelas (capítulo 5). Los que se fueron y los que subieron a la loma tenían la misma edad, y eran muchas veces del mismo barrio. Unos padres firmaron un permiso y otros compraron un pasaje.

Los que se negaron

Castro dijo una y otra vez que la campaña era voluntaria, «a nadie se le alfabetizó por la fuerza», y no he encontrado ninguna ley ni ningún caso documentado de castigo por negarse a aprender. Lo dejo escrito porque la palabra «obligaron», que se usa mucho, no tiene con qué sostenerse. Lo que sí hay es lo que dijo el propio Castro de los que se negaban, en Melena del Sur, con las risas y los aplausos anotados por el taquígrafo.

Los que no querían estudiar por razones políticas eran «una pequeñísima minoría que no quiere alfabetizarse porque son gusanos». Su caso no era de analfabetismo sino «de “burrismo”». Y anunció lo que les esperaba: «el pueblo va a tener muy mal concepto de cualquier persona de menos de 55 años y más de 14 que no sepa leer ni escribir». Al que tuviera que firmar con el dedo lo mirarían y pensarían: «¿Será este un gusano? ¿Será un contrarrevolucionario? ¿Será un burro?». Los que se negaron tuvieron que dejar sus razones en un acta.

El censo de analfabetos tampoco fue un trámite. El informe de la misión cuenta que muchos escondían que no sabían leer, «algunos por miedo a perder el trabajo», y que las oficinas, los bancos, los juzgados y el correo avisaban al Departamento de Estadística cuando alguien no podía firmar un papel (página 27). Los expertos lo llaman persuasión. Voluntario en la ley y señalado en la plaza: las dos cosas están en los mismos documentos.

Lo que hay que contar aunque no me guste

En este episodio lo incómodo empieza por dos muertos que la propaganda del régimen ha usado tanto que de este lado se tiende a no mirarlos. Conrado Benítez tenía dieciocho años y era maestro voluntario. Lo detuvieron unos alzados del Escambray el 5 de enero de 1961 y lo mataron. Manuel Ascunce tenía dieciséis y era brigadista. Lo ahorcaron el 26 de noviembre en una finca de Trinidad, junto al campesino Pedro Lantigua. Pasó en medio de la guerra del Escambray, y lo hicieron hombres que peleaban contra el régimen, los alzados a los que esta serie les dedicó un episodio entero. El historiador del exilio Enrique Encinosa, que escribió la historia de esa guerra desde el lado de los alzados, no lo niega: «El asesinato de Domenech no tenía justificación» (página 49).

De Benítez, Encinosa dice que era «espía informante de las milicias», y no da ni un documento ni un testigo. El único papel de la época dice otra cosa. Es el acta que levantaron los propios alzados y que Castro leyó en público el 23 de enero: describe a un detenido de «profesión maestro comunista» al que le ocuparon cuatro pesos, un carné, dos retratos, «un libro de aritmética, un libro de ejercicios de lenguaje, un libro de fisiología» y propaganda. No le encontraron armas. No lo acusan de informar. Si lo hubieran tenido por espía, ese era el lugar para escribirlo.

Dicho eso, la versión oficial de esas muertes también tiene problemas, y son de los que le gustan a este blog, porque están en sus propios textos. Todo el detalle de las torturas a Benítez sale de una sola fuente: la confesión de un alzado a un agente de la Seguridad del Estado, publicada en 1978 en una revista del Ministerio del Interior, según cuenta el investigador oficial que la cita. Granma escribió en 2024 que murió «junto a cinco campesinos que pretendían aprender a leer y escribir»; Granma había escrito en 2015 que con él murió uno, que era «un combatiente del Ejército Rebelde y fundador de las Milicias en el Escambray». El primer parte de Castro sobre Ascunce, dos días después, no menciona torturas y sí que Lantigua era miliciano y «parece que intentó hacer uso de su arma». Hoy una fuente oficial dice que los ahorcaron «con alambres de púa» y otra cita al juez instructor hablando de «la soga al cuello». Y la finca que Lantigua administraba, según la enciclopedia del Estado, «había sido intervenida a su dueño seis meses atrás», y uno de los hijos de ese dueño estaba en la banda.

Nada de eso cambia lo esencial. A un muchacho de dieciséis años que estaba enseñando a leer lo colgaron de un árbol. Lo que sí hay que preguntarle al otro lado es por qué estaba allí. El gobierno mandó a miles de menores a una zona donde ya le habían matado a un maestro en enero. En marzo Castro había asegurado: «Peligro no hay para ningún alfabetizador». El 28 de noviembre contó que su preocupación era que las madres «comiencen a traer a sus hijos de los campos». La directora del museo recuerda lo que le contó la madre de Ascunce sobre el velorio: había padres que le enseñaban «el ticket de la guagua o el tren que tenían preparado para ir a buscar a sus hijos».

Lo demás que no me gusta es más fácil de decir. El logro fue real. Mesa-Lago, que ha dedicado su vida a revisar las estadísticas del régimen, lo llama «un logro importante». Domínguez escribió que «la reducción del analfabetismo fue real, aunque quizás menos impresionante» (página 165). Jolly, después de enumerar los errores, concluyó que la campaña podía resultar «el logro más exitoso de los primeros cuatro años» de la Revolución, y que aquello no era venta suave, pero tampoco «adoctrinamiento a punta de pistola» (páginas 205 y 347). Dimas Castellanos, que escribe desde Cuba en la prensa independiente y es muy duro con el contenido de los libros, llama a lo conseguido «un resultado de incalculable valor». Nadie en la academia sostiene que fuera un fraude. Cuando una columna del exilio escribe «rotundo fraude» y presenta como revelación que quedaron 272.000 analfabetos, está descubriendo la cifra oficial.

Las páginas del manual que enseñan a enseñar son buenas. «Evite dar órdenes.» «Evite el tono autoritario, recuerde que la labor de alfabetización se realiza en común entre alfabetizador y analfabeto» (página 12). El mismo libro distingue al pueblo de Estados Unidos de su gobierno: «Los cubanos no somos enemigos de ese pueblo» (página 44). La historiadora Lillian Guerra, que estudia la campaña como un mecanismo de control, escribe también que las muchachas y los cubanos negros salieron de ella con un poder que no tenían, y que en el caso de los fidelistas negros fue de maneras «que al Estado le resultó difícil de controlar» (páginas 167 y 168). Y el presidente Kennedy le dijo al viceprimer ministro soviético Mikoyan, en noviembre de 1962, que si Castro quería dedicarse a «la educación de los niños cubanos», «muy bien».

Tampoco es verdad todo lo que se dice de los niños. La idea de que el Estado les quitaba los hijos a los padres fue también material de propaganda de Estados Unidos: en julio de 1962 la agencia de información de ese país informó a los jefes de la Operación Mangosta de que tenía en producción o en distribución cinco millones de ejemplares de seis libros de historietas para América Latina, y uno se titulaba Los Secuestradores, sobre el «lavado de cerebro de los niños». Muchos brigadistas fueron porque quisieron, a veces contra sus padres, y así lo cuentan ellos mismos. Eran menores, estuvieron meses lejos de casa y en un país en guerra, y eso ya es bastante sin añadirle nada.

La campaña, hoy

La memoria oficial no esconde el contenido político. Lo exhibe. Armando Hart, que era el ministro de Educación en 1961, escribió que el mérito de los dos libros fue «enseñar a través de un contenido revolucionario». Granma recordó en mayo de este año el estribillo del himno de las brigadas: «¡Cuba, Cuba! ¡Estudio! ¡Trabajo! ¡Fusil! ¡Lápiz, cartilla, manual!». Lo que no he encontrado en ninguna pieza oficial de los últimos diez años es la lista de los temas del manual, ni la definición de libertad de prensa.

Cada 22 de diciembre es el Día del Educador. El último anuario de la Oficina Nacional de Estadística dice que el personal docente pasó de 316.947 en el curso 2021-2022 a 292.266 en 2023-2024, y la matrícula de 2.029.498 a 1.840.228 (cuadro 18.4). Se van los maestros y se van los alumnos. En agosto de 2024 la ministra reconoció «una necesidad de alrededor de 24 000 docentes». En agosto de este año dio el dato de otra manera: «un 73 % de cobertura total con personal de plantilla formado».

En las pruebas regionales de la UNESCO de 2006, Cuba estaba a más de una desviación estándar por encima del promedio de América Latina en Matemática. En las de 2019 sigue siendo la primera en Matemática de tercer grado y en Ciencias, y hay que decirlo. Pero en Matemática de sexto grado obtuvo 689 puntos frente a 697 de promedio regional, y solo el 20,7 % de sus alumnos llegó al nivel mínimo (página 43 del resumen). El ministerio lo contó así: en Matemática «sus logros son similares al promedio regional». Es la misma manera de hacer las cuentas, sesenta años después.

Lo que quedó

Quedó gente que aprendió a firmar, y eso no se lo quita nadie. María de la Cruz Semanat tenía 106 años. Nació en 1855 en un ingenio, treinta y un años antes de que se aboliera la esclavitud en Cuba, y contó en la tribuna que la había conocido. Castro la subió allí el 18 de junio y le preguntó «qué día fue el que usted pudo escribir su nombre completo y hacer una carta». No hay en toda esta historia una imagen que el régimen haya usado más, y no hay ninguna que sea más verdad.

Quedó también un método. Una cifra que se proclama antes de contarla. Una división que cambia de denominador cuando hace falta. Un informe extranjero que se imprime en casa. Y un libro que le enseñó a un país, junto con las letras, que la prensa es libre mientras no ataque, que la democracia es un fusil y que el que no está es un gusano. El resto de esta serie es, en buena parte, la historia de lo que se hizo con ese vocabulario.

Las dos cosas son ciertas a la vez, y el que cuente una sola está haciendo propaganda, de un lado o del otro. Aquel año cientos de miles de cubanos aprendieron a leer. Lo primero que leyeron fue lo que el gobierno quería que leyeran, y lo primero que escribieron fue una carta para él.

Siguiente episodio. «La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad»: la Cuba de antes de 1959: la Cuba de antes de 1959, una frase partida en dos y lo que cada lado calla de la otra mitad.

Fuentes. Discursos de Fidel Castro, versiones taquigráficas oficiales publicadas por el Gobierno de Cuba: 29 de agosto de 1960, 26 de septiembre de 1960 (ONU), 23 de enero de 1961, 28 de enero de 1961, 27 de marzo de 1961, 1 de mayo de 1961, 18 de junio de 1961, 27 de julio de 1961, 5 de septiembre de 1961, 19 de septiembre de 1961, 8 de noviembre de 1961, 28 de noviembre de 1961, 8 de diciembre de 1961, 20 de diciembre de 1961 y 22 de diciembre de 1961. Comparecencia del 1 al 2 de diciembre de 1961: traducción de 1962. Ministerio de Educación de Cuba, Alfabeticemos. Manual para el alfabetizador, Imprenta Nacional de Cuba, 1961, escaneo de Freedom Archives. Ley de Nacionalización General y Gratuita de la Enseñanza, 6 de junio de 1961, transcripción publicada por el IIPE-UNESCO. Anna Lorenzetto y Karel Neys, Report on the Method and Means Utilized in Cuba to Eliminate Illiteracy, Ministerio de Educación de Cuba, 1965: registro en el catálogo de la UNESCO y copia de archivo del documento. UNESCO, World Illiteracy at Mid-Century, 1957. Naciones Unidas, Demographic Yearbook 1960. Censos de Cuba de 1899, 1907 y 1919. UNESCO, registro regional de la Memoria del Mundo, Segundo Estudio Regional Comparativo y Explicativo, 2008 y Estudio Regional Comparativo y Explicativo, 2019. Oficina Nacional de Estadística e Información, Anuario Estadístico de Cuba 2024, capítulo 18. Documentos de Estados Unidos: CIA, NIE 85-62, 21 de marzo de 1962 (copia de archivo); Foreign Relations of the United States, 1961-1963, vol. X, doc. 356 y vol. XI, doc. 218; Departamento de Estado, Zenith and Eclipse. CIDH, informe sobre Cuba de 1962. Comisión Internacional de Juristas, El imperio de la ley en Cuba, 1962. La Vanguardia Española, 19 y 28 de septiembre de 1961. Prensa y memoria de Estado: Felipe de J. Pérez Cruz, revista Varona, 2011; Granma, 4 de enero de 2015, 5 de junio de 2016, 21 de diciembre de 2021, 5 de enero de 2024, 28 de agosto de 2024, 14 de mayo de 2026 y 27 de agosto de 2026; Cubadebate, 22 de diciembre de 2016, 26 de noviembre de 2021 y 22 de diciembre de 2023; Trabajadores, 22 de diciembre de 2021; Cubahora, 22 de diciembre de 2017; Juventud Rebelde, 18 de diciembre de 2021; Escambray, 5 de enero de 2021; EcuRed, entrada «Manuel Ascunce Domenech»; Ministerio de Educación, 30 de noviembre de 2021; La historia me absolverá, texto íntegro en Radio Rebelde. El otro lado y la prensa independiente: Enrique Encinosa, Héroes del Escambray; Cubanet, 22 de diciembre de 2017; Dimas Castellanos, Diario de Cuba, 2021; Blanca Acosta Rabassa, Cubaencuentro, 29 de octubre de 2015; Operation Pedro Pan Group. Historiadores: Richard Fagen, The Transformation of Political Culture in Cuba, 1969; Richard Jolly, «Education», en Cuba: The Economic and Social Revolution, 1964; Carmelo Mesa-Lago, Breve historia económica de la Cuba socialista, 1994 y The Economy of Socialist Cuba, 1981; Jorge Domínguez, Cuba: Order and Revolution, 1978; Jonathan Kozol, Children of the Revolution, 1978; María de los Ángeles Torres, The Lost Apple, 2003; Lillian Guerra, Visions of Power in Cuba, 2012. Recuentos de palabras: míos, con la palabra y sus derivados, sobre el texto íntegro. Las citas en inglés las traduje yo.

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