Serie «Historia de Cuba» · Temporada 1, episodio 2

El 24 de febrero de 1996, a las tres y veintiuno de la tarde, un piloto de la Fuerza Aérea Cubana pidió permiso para disparar contra una avioneta que acababa de identificar por radio como un Cessna 337. Se lo dieron. Seis minutos después pidió permiso otra vez, y también se lo dieron.
Nada de esto hay que reconstruirlo. Está grabado, y la transcripción figura en el informe Nº 86/99 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
MIG-29: «OK, el objetivo está a la vista; el objetivo está a la vista. Es un avión pequeño.»
CONTROL MILITAR: «¿Color y matrícula del avión?»
MIG-29: «Es blanco y azul, a baja altitud, un avión pequeño.»
MIG-29: «Lo tenemos fijado. Danos autorización.»
MIG-29: «Es un Cessna 337. Ese, ese. Danos autorización, carajo!»
CONTROL MILITAR: «Fuego.»
MIG-29: «Danos autorización, carajo!, lo tenemos.»
CONTROL MILITAR: «Autorizado a destruir.»
MIG-29: «Ya copiamos. Ya copiamos.»
MIG-29: «Primer Tiro.»
MIG-29: «Le partimos los cojones! Le partimos los cojones!»
MIG-29: «Estamos encima de él. Este no nos va a joder nunca más.»
CONTROL MILITAR: «Felicitaciones para ustedes dos.»
Y con la segunda avioneta, seis minutos más tarde:
MIG-29: «El otro está destruido; el otro está destruido. Patria o muerte, carajo! El otro también cayó.»
En el episodio anterior, el del remolcador 13 de Marzo, el régimen eligió una palabra, «accidente», y la sostuvo durante treinta y dos años. Aquí no hizo falta elegir nada. Aquí lo dijeron en voz alta, por un canal abierto, mientras ocurría. La mentira vino después.
Los cuatro
Carlos Alberto Costa, 29 años, y Pablo Morales, 29 años, iban en un Cessna 337C, matrícula N2456S. Derribado a las 15:21.
Mario Manuel de la Peña, 24 años, y Armando Alejandre Jr., 45 años, iban en un Cessna 337B, matrícula N5485S. Derribado a las 15:27.
Una tercera avioneta, la N2506, no fue alcanzada. Llevaba a cuatro personas: José Basulto, Arnaldo Iglesias, y Andrés y Silvia Iriondo. Volvió a Miami. Ese detalle, que ahora parece marginal, va a importar treinta años después.
Tres de los cuatro muertos eran ciudadanos estadounidenses. El cuarto, no.
Pablo Morales había salido de Cuba en una balsa en 1992. Pasó días en el mar. Lo encontraron desde el aire, y quien lo encontró fue Hermanos al Rescate. Cuando llegó a Miami se unió a ellos como observador, el que va mirando el agua buscando a otros. Eso es lo que estaba haciendo el 24 de febrero de 1996 cuando lo mataron: buscar balseros desde la misma organización que lo había sacado a él del agua.
Nunca llegó a hacerse ciudadano. Tenía la residencia. Ese detalle, que parece burocrático, también va a importar más adelante.
Sabían lo que era
Esta es la parte que más me interesa, y es la que casi nunca se cuenta.
Antes de disparar, la torre le preguntó al piloto por el color y la matrícula del aparato. El piloto contestó que era blanco y azul, a baja altitud, un avión pequeño. Y después, textualmente: «Es un Cessna 337.»
Un Cessna 337 es una avioneta civil de hélice, bimotor, de las que se usan para vigilancia y para vuelos de observación. No se parece a nada militar. El piloto la tenía a la vista, la identificó por tipo y por color, se lo dijo a su mando, y a continuación pidió autorización para destruirla.
Con eso desaparece la única defensa que quedaba en pie, que es la de la confusión. No hubo duda sobre qué era aquello. Hubo una identificación correcta seguida de una petición de permiso.
Y hubo insistencia. «Danos autorización» aparece tres veces en la transcripción, dos de ellas con un «carajo» detrás. No es la reacción de alguien sorprendido. Es la de alguien esperando el sí.
Seis minutos
Fíjate en las horas: 15:21 y 15:27.
Entre el primer derribo y el segundo pasaron seis minutos completos. Tiempo de sobra para ver lo que acababa de ocurrir. Tiempo de sobra para que alguien en la cadena de mando dijera que ya estaba bien.
Al primero se le puede discutir a alguien como reacción, como error de cálculo, como decisión tomada en caliente. Al segundo no. El segundo se tomó sabiendo exactamente qué acababa de pasar y qué iba a pasar otra vez.
Y la respuesta desde tierra al primero no fue una orden de alto el fuego. Fue «felicitaciones para ustedes dos».
Dónde estaban, y quién lo midió
Toda la defensa cubana descansa sobre un punto: que las avionetas estaban dentro de su espacio aéreo.
Aquí hay que ser preciso, porque circulan dos cifras distintas y no dicen lo mismo.
La Organización de Aviación Civil Internacional concluyó que las avionetas fueron derribadas aproximadamente a diez millas náuticas fuera del espacio aéreo territorial cubano. Esa es la medición que el Consejo de Seguridad hizo suya.
La Comisión Interamericana, recogiendo el mismo informe, da la distancia desde otro punto de referencia: «El primer avión estaba a 18 millas de las costas cubanas y el segundo avión a 30.5 millas», y añade que eso los sitúa «muy alejados de las doce millas de aguas territoriales cubanas que permite el derecho internacional».
Una cifra mide desde el borde del espacio aéreo, la otra desde la costa. Las dos dicen lo mismo: fuera.
Y ahora el dato que a mí me parece decisivo, y que responde por adelantado a lo que Cuba alegaría después.
El radar cubano y el estadounidense se contradecían. Así que la OACI no se apoyó en ninguno de los dos. Según el comunicado de Naciones Unidas, «las estimaciones de posición más fiables se basaron en las posiciones registradas del Majesty of the Seas, un crucero noruego, y en las observaciones de su tripulación y su pasaje, así como en la posición del barco pesquero Tri-Liner respecto a él».
Un crucero noruego y un pesquero. Ni Washington ni La Habana.

Y hay algo más en ese mapa que hay que mirar despacio. Las tres posiciones de fuera, la estadounidense y las dos civiles, están todas al norte de la línea. La cubana está sola al otro lado, y no por poco. Las dos fuentes que no tenían nada que ganar en el asunto, un crucero de pasajeros y un barco pesquero, coinciden con la versión que Cuba llamó falsificada.
Meses después, en el Consejo de Seguridad, el representante cubano Ricardo Alarcón de Quesada sostuvo que Estados Unidos había intentado «manipular información y falsificar datos». Aunque tuviera razón sobre el radar estadounidense, daría igual. La posición no la fijó el radar estadounidense.
La OACI estableció además que Cuba no intentó usar los otros medios de que disponía, como la comunicación por radio, en contra del principio de que interceptar una aeronave civil debe ser el último recurso. Ni aviso. Ni orden de aterrizar. Ni maniobra para sacarlas del área. Se pasó del avistamiento al misil.
El día anterior
Juan Pablo Roque era piloto militar cubano. En 1992 apareció en la base naval de Guantánamo diciendo que había salido de Cuba a nado. Se instaló en Miami, se integró en la comunidad del exilio y entró en Hermanos al Rescate.
Desapareció de Miami el 23 de febrero de 1996. Al día siguiente derribaron las avionetas. El 26 de febrero, dos días después, apareció en la televisión cubana declarando su lealtad al régimen. Era agente de la Red Avispa.
Roque murió en Cuba el 25 de noviembre de 2025, a los 70 años.
Esto es lo documentado: las fechas, la desaparición, la reaparición en pantalla. Lo que no voy a hacer es rellenar el hueco entre esas tres cosas con lo que me parece evidente. La secuencia habla sola y no necesita que yo la adorne.
Lo que hay que contar aunque no me guste
Si este artículo esquivara lo siguiente, el primero que llegara con los documentos tendría razón al decir que oculté la mitad, y con razón dejaría de creerme también la otra mitad.
El mismo informe de la OACI que sitúa las avionetas fuera del espacio aéreo cubano establece también que las tres Cessna se desviaron de sus planes de vuelo aquel día y volaron dentro de áreas peligrosas designadas por Cuba. No lo dice el régimen: lo dice el organismo técnico de Naciones Unidas, en el mismo documento.
Y hay más. El 19 de mayo de 2026 el National Security Archive publicó documentos desclasificados de la Administración Federal de Aviación sobre este caso. No son cómodos.
Hermanos al Rescate había violado el espacio aéreo cubano en vuelos anteriores, lanzando volantes sobre La Habana. La FAA se lo había advertido a Basulto repetidamente. El 22 de enero de 1996, un mes antes del derribo, un correo interno de la funcionaria Cecilia Capestany describía aquellas incursiones como «seguir provocando al Gobierno cubano» y recogía la preocupación del Departamento de Estado por el «peor escenario posible».
Los propios documentos muestran que un funcionario del Departamento de Estado pidió a la FAA en Miami que bloqueara los vuelos, y que la FAA se negó: solo aceptó advertir a Basulto. La orden de cese de operaciones llegó después del derribo.
Podría haber escrito este artículo sin nada de esto. Habría quedado más limpio. Pero también más frágil.
Por qué eso no cambia nada
Cuidado con el salto lógico, porque es el que va a intentar quien defienda al régimen.
Que hubiera vuelos previos sobre La Habana, que hubiera advertencias y que hubiera desviación de los planes de vuelo son hechos ciertos, y son cosas distintas de dónde estaban las avionetas cuando las derribaron. Lo primero es contexto. Lo segundo lo midió la OACI con los datos de un crucero noruego: fuera.
Y sobre todo: una violación de espacio aéreo no se responde con misiles aire-aire contra una avioneta civil desarmada en aguas internacionales. Para eso existe un procedimiento escrito. Interceptar. Identificar. Comunicar. Ordenar aterrizar. Escoltar fuera. Cuba lo conoce y no aplicó ni un paso.
De hecho, que hubiera advertencias previas no ayuda a la defensa cubana: la empeora. Acredita que hubo tiempo, deliberación y decisión.
| La posición cubana | Lo que dice el expediente |
|---|---|
| Las avionetas volaban dentro del espacio aéreo cubano. | La OACI las situó en espacio aéreo internacional, y el Consejo de Seguridad hizo suyas sus conclusiones el 26 de julio de 1996. |
| Estados Unidos «manipuló información y falsificó datos». | La posición no se fijó con radar estadounidense. Se fijó con las posiciones registradas del crucero noruego Majesty of the Seas y del pesquero Tri-Liner. |
Lo que hizo el mundo
Y aquí está la diferencia con el remolcador.
Cuando el 13 de Marzo se hundió con cuarenta y una personas a bordo, diez de ellas menores, hubo un informe de la Comisión Interamericana y no hubo nada más. Ni Consejo de Seguridad. Ni organismo técnico. Ni resolución.
Aquí sí.
El Consejo de la OACI ordenó la investigación el 6 de marzo de 1996 y respaldó sus conclusiones el 27 de junio.
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó la Resolución 1067 el 26 de julio de 1996, en su sesión 3683ª, por trece votos a favor, ninguno en contra y dos abstenciones: China y la Federación Rusa. La resolución constata que el derribo fue ilícito y condena el uso de armas contra aeronaves civiles en vuelo como «incompatible con consideraciones elementales de humanidad».
Hay que leer también lo que dijeron los que se abstuvieron, porque no dijeron que Cuba tuviera razón. El chino Qin Huasun sostuvo que debe respetarse el principio del no uso de armas contra aeronaves civiles «y, por la misma razón», el de la inviolabilidad del espacio aéreo territorial y el del abuso de la aviación civil. El ruso Alexander Gorelik dijo que el texto era «desequilibrado, política y jurídicamente». La embajadora estadounidense Madeleine Albright fue menos diplomática: «La posición de Cuba ha sido insensible y despreciable. Derriban aeronaves civiles y luego culpan a las víctimas.»
Por cierto, la propia resolución sí recoge la otra mitad: su párrafo 5 reafirma que cada Estado debe impedir el uso deliberado de aeronaves civiles matriculadas en su territorio para fines incompatibles con el Convenio de Chicago. Está ahí, escrito, y no cambia el párrafo 2.
La Comisión Interamericana cerró el caso el 29 de septiembre de 1999, con el Informe Nº 86/99. Su párrafo 53 declara a Cuba responsable de violar el derecho a la vida. Su párrafo 54, el derecho a la justicia, por no investigar ni sancionar. Y recomendó investigar y sancionar penalmente a los responsables «material e intelectualmente», ratificar el protocolo del artículo 3 bis e indemnizar a las familias.
Cuba no respondió a la Comisión. Ni una línea. En el caso del remolcador al menos mandó un comunicado del Ministerio del Interior. Aquí, silencio.
Fue convocada en los dos procedimientos. En el del Consejo de Seguridad habló; en el de la Comisión Interamericana, no.
Ahora bien. Todo eso ocurrió porque tres de los cuatro muertos eran ciudadanos estadounidenses y porque las avionetas eran de matrícula estadounidense. Lo digo sin resentimiento: los cuarenta y uno del remolcador eran cubanos, en un barco cubano, hundido a siete millas de La Habana y en aguas territoriales cubanas. No hubo Consejo de Seguridad para ellos. La diferencia no fue la gravedad de lo que pasó. Fue el pasaporte: el de los muertos y el de los aviones.
Y que quede claro lo que digo y lo que no. No sobró el Consejo de Seguridad de 1996. Faltó el de 1994.
El único condenado
La Comisión pidió en 1999 sancionar penalmente a los responsables materiales e intelectuales.
En las tres décadas siguientes, una sola persona ha sido condenada por este derribo en cualquier tribunal del mundo. Y no fue en Cuba.
Gerardo Hernández, jefe de la Red Avispa, fue condenado en Estados Unidos en 2001 por conspiración para cometer asesinato por estos hechos, con doble cadena perpetua. La acusación se apoyó en que había informado a La Habana sobre los vuelos.
Aquí toca un matiz que no me voy a saltar: en el juicio no se presentó prueba de que Hernández supiera que Cuba iba a disparar. Es un razonamiento inferencial y hay juristas que lo discuten. Lo digo porque si le exijo pruebas al régimen, tengo que exigirlas también cuando el resultado me favorece.
Lo que ocurrió después no admite matiz. El 17 de diciembre de 2014, en el canje de la normalización de relaciones, Obama le conmutó la pena. Hernández volvió a Cuba ese mismo día, lo recibieron como a un héroe, lo nombraron Héroe de la República de Cuba y le dieron un cargo académico.
La Comisión Interamericana pidió sanciones. El único condenado del caso salió de la cárcel, volvió a La Habana y le dieron una medalla.
No es que Cuba no castigara a nadie. Es que condecoró.
La otra grabación
Este artículo empieza con una grabación. Hay una segunda, y es la que explica por qué el primer nombre de la acusación de 2026 es el de Raúl Castro y no el de un piloto.
El 21 de junio de 1996, cuatro meses después del derribo, Raúl Castro se reunió en la sede provincial del Partido Comunista en Holguín con funcionarios y con periodistas de Radio Rebelde y sus corresponsales en el país. Personal técnico de la propia emisora grabó la conversación: once minutos y treinta y dos segundos. Dentro de ellos, Castro les pide dos veces que no publiquen nada de aquello.
«Yo decía que traten de tumbarlos arriba del territorio, pero ellos entraban en La Habana y se iban… Claro, con un cohetazo de esos, avión-avión, lo que viene para abajo es una bola de fuego y que va a caer arriba de la ciudad.»
«Bueno, túmbenlos en el mar cuando se aparezcan; y no consulten los que tienen las facultades.»
Sobre cómo se organizó la decisión: «Yo aclaré que había que descentralizarla si queríamos que jugara su papel, y a cinco generales se les dio las facultades.» Sobre si aquello se había acabado con el derribo: «La orden está dada, pero ahora tenemos que actuar con más flexibilidad. Y se mantiene.»
La reunión fue seis días antes de que se conocieran las conclusiones de la OACI. En la cinta, Castro ya sabe por dónde van: como lo tienen redactado hasta el momento, dice, «no es beneficioso para nosotros».
Diez años más tarde, alguien que había estado en aquella sala sacó una copia de Cuba. Llegó a Miami por la agencia Nueva Prensa Cubana y de ahí a las manos del periodista Wilfredo Cancio Isla, que la publicó en portada de El Nuevo Herald el domingo 20 de agosto de 2006, tres semanas después de que Fidel Castro delegara el poder en su hermano.
Y aquí me toca aplicarme el mismo rasero que le vengo aplicando a todo lo demás, porque las dos grabaciones no valen igual. La de los MiG está transcrita en el informe de la OACI y en el de la Comisión Interamericana, y se reprodujo ante un jurado federal de Miami en febrero de 2001. Esta otra pasó por una autenticación periodística, no judicial: El Nuevo Herald consultó a especialistas en análisis de voz, contrastó la cinta con dos fotografías de aquella reunión publicadas en 1996, y se la puso a Alcibíades Hidalgo, que había sido secretario personal de Raúl Castro y confirmó que la voz era la suya.
Lo que no se puede auditar es la cadena de custodia: quién sacó la copia de Cuba, y cómo. Y lo que no ha habido es una verificación independiente posterior: cuando CNN la recogió en mayo de 2026 hizo constar que no había verificado los audios. Con eso a la vista, cada cual valora.
Cancio sostiene además que esa grabación forma parte del andamiaje que el Departamento de Justicia tiene ahora en las manos. Eso es lo que él cree, no un dato del expediente, y lo dejo dicho como lo que es.
Mayo de 2026
El 20 de mayo de 2026, en la Freedom Tower de Miami, el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública una acusación sustitutiva contra seis personas.
Sustitutiva, porque no arranca de cero. En agosto de 2003 un gran jurado federal de Miami ya había acusado por estos mismos hechos a tres militares cubanos: los pilotos, los hermanos Lorenzo Alberto y Francisco Pérez-Pérez, y su jefe, el general Rubén Martínez Puente, que mandaba la Fuerza Aérea cubana desde noviembre de 1987. Ninguno de los tres fue detenido nunca: se quedaron en Cuba, fuera del alcance de la justicia estadounidense. Martínez Puente murió allí el 24 de julio de 2021, a los 79 años, y el Ministerio de las Fuerzas Armadas no dio la causa. De aquellos tres nombres de 2003, uno reaparece en la lista de 2026: Lorenzo Alberto Pérez-Pérez.
Los cargos, en palabras del Departamento de Justicia: conspiración para matar a nacionales estadounidenses, dos cargos de destrucción de aeronave y cuatro cargos de asesinato. Las víctimas se describen como «cuatro nacionales estadounidenses, incluidos tres ciudadanos».
Cuatro cargos de asesinato. Uno por cada uno. Incluido Pablo Morales, que no era ciudadano. Treinta años después, la residencia le alcanzó para tener su propio cargo.
El fiscal general interino Todd Blanche lo resumió así: «Si matas a estadounidenses, te perseguiremos. Sin importar quién eres. Sin importar qué cargo ocupes.»
Es la primera vez en casi setenta años que la cúpula política del régimen cubano es acusada en Estados Unidos por hechos de violencia con muertos estadounidenses.
Un apunte de método, porque importa: el comunicado del Departamento de Justicia no atribuye papeles individuales. Que Pérez-Pérez fuera quien disparó los misiles y que González-Pardo pilotara el MiG-29A identificado como «Código 22» sin disparar sale de la cobertura de prensa del caso, no del comunicado. Lo separo porque no es lo mismo.
| Acusado | Papel | Situación |
|---|---|---|
| Raúl Modesto Castro Ruz, 94, de Holguín | Al mando de las Fuerzas Armadas en 1996 | En Cuba |
| Lorenzo Alberto Pérez-Pérez, de Las Tunas | Según la cobertura del caso, el piloto que disparó los misiles | No consta |
| Luis Raúl González-Pardo Rodríguez, 65, de La Habana | Piloto del MiG-29A «Código 22». No disparó. Se le atribuye perseguir la tercera avioneta | Detenido en Estados Unidos. Se declaró no culpable en junio de 2026 |
| Emilio José Palacio Blanco | No detallado en el comunicado | No consta |
| José Fidel Gual Barzaga | No detallado en el comunicado | No consta |
| Raúl Simanca Cárdenas | No detallado en el comunicado | No consta |
Septiembre de 2026
Y aquí está lo que convierte esto en actualidad y no en efeméride.
González-Pardo está en Estados Unidos.
Entró con parole humanitario tras solicitarlo en 2024. Al pedir la residencia permanente ocultó casi tres décadas de servicio en la Fuerza Aérea Revolucionaria, donde llegó a teniente coronel. El FBI lo detuvo en Jacksonville en noviembre de 2025 y fue condenado por fraude migratorio a siete meses, casi todos ya cumplidos.
El 9 de junio de 2026 lo trasladaron a Miami. En junio se declaró no culpable del único cargo que enfrenta en esa causa, conspiración para matar a ciudadanos estadounidenses, que puede acarrear cadena perpetua.
La acusación sostiene que aquel día participó en la operación y que persiguió a la tercera avioneta, la que escapó. En ella iba Silvia Iriondo.
El juicio estaba fijado para el 24 de agosto de 2026 ante el juez federal Darrin P. Gayles. Se aplazó a petición de las dos partes por el volumen de las pruebas. En la vista de seguimiento del 2 de septiembre, la Fiscalía anunció que no pedirá la pena de muerte. El caso sigue sin fecha de juicio, con audiencias de seguimiento cada unos sesenta días, trabadas en parte por material clasificado y por soportes de almacenamiento obsoletos.
Escribo esto el 9 de septiembre de 2026. Cuando lo leas, puede que haya fecha. Ese es el estado a día de hoy y lo doy con su fecha por delante, como todo lo demás.
Lo que queda
No sé cómo termina esto. Raúl Castro tiene 94 años y está en Cuba, y una acusación no es una condena. Es posible que nunca pise un tribunal. Lo más probable, incluso.
Pero hay algo que ya ocurrió y no se deshace.
Durante treinta años, la posición cubana consistió en pedirle al mundo que no creyera lo que estaba escuchando. Que la grabación no significaba lo que significa. Que un Cessna 337 identificado por su color era una amenaza militar. Que los datos estaban falsificados, cuando los puso un crucero noruego.
El expediente dice otra cosa. Y el expediente no es del exilio: es de la OACI, del Consejo de Seguridad, de la Comisión Interamericana y ahora de un gran jurado federal.
Escribo esto porque en Cuba nada de esto se enseña. Un muchacho de veinte años en La Habana no sabe que existió Hermanos al Rescate, ni que el 24 de febrero, que allí se celebra como el inicio de la guerra de independencia de 1895, es también la fecha en que su gobierno mató a cuatro hombres que buscaban balseros.

A Pablo Morales el mar se lo devolvió una vez. Días a la deriva y una avioneta que lo vio desde el aire.
La segunda vez no había nadie mirando desde arriba. Los que miraban desde arriba iban en un MiG-29, sabían que era un Cessna, y dijeron cuando terminaron que era la patria o la muerte.
Lo que se puede oír y ver
Este caso tiene algo que el del remolcador no tiene: casi todo lo que he contado aquí se puede escuchar o mirar. No hace falta creerme. Dejo dónde está cada cosa, con lo que sé de su procedencia y también con lo que no sé.
La transcripción de los MiG, 24 de febrero de 1996. Interceptada por Estados Unidos, que hizo públicas las transcripciones el 27 de febrero, tres días después del derribo. El texto completo está en el informe 86/99 de la Comisión Interamericana, enlazado al principio. El día que la cinta sonó en una sala de Miami, ante el jurado del juicio de la Red Avispa, lo contó el Miami Herald del 16 de febrero de 2001.
Raúl Castro en Holguín, 21 de junio de 1996. Once minutos y treinta y dos segundos grabados por técnicos de Radio Rebelde. El texto íntegro está en Café Fuerte, firmado por el periodista que la publicó y que en 2006 la autenticó con especialistas en análisis de voz y con el que había sido secretario personal de Raúl Castro. Lo que no hay es una verificación independiente posterior.
La cabina de la avioneta que volvió. El micrófono que José Basulto llevaba en los audífonos quedó grabando. La cinta la guardó tres décadas el expiloto Reinaldo Martín, y CNN en Español la dio a conocer en 2026. Se le oye decir «nos van a tirar», y después llamar a «Charlie» y a «Mike» sin que conteste nadie. Lo reseñaron 14ymedio y Cubanet.
La Torre de la Libertad, 20 de mayo de 2026. El acto del Departamento de Justicia, con dos mil personas delante. Video de Univisión Miami.
Madeleine Albright en Naciones Unidas, 27 de febrero de 1996. Veinte minutos de rueda de prensa, tres días después del derribo. Están catalogados en la videoteca de la ONU, pero no se pueden ver en línea: hay que pedir el material. El registro existe y no está a mano, que es una manera bastante exacta de describir media historia de este caso.
Los treinta años, contados en video. Martí Noticias y Univisión Miami, los dos de febrero de 2026.
Shoot Down (2007). El documental de Cristina Khuly, sobrina de una de las víctimas, con entrevistas a las familias y a Basulto. Ficha del documental.
Siguiente episodio. Trece nombres: la masacre del río Canímar: el 6 de julio de 1980, la embarcación de excursiones que el Estado cubano hundió en el río Canímar, y los trece nombres que se conocen de entre 56 y 71 muertos.
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