Serie «Historia de Cuba» · Temporada 2, episodio 1
![Portada: dos fichas de cita en papel claro sobre fondo azul de medianoche. La primera, con el encabezado 1966, Fidel Castro, discurso del 13 de marzo, dice: unos tendrán que ir a la cárcel [...]; otros tendrán que ir a la UMAP. La segunda, con el encabezado 2006, Fidel Castro, Cien horas con Fidel, dice: no eran unidades de internamiento, ni eran unidades de castigo, con la palabra castigo en rojo. Pie: La UMAP, Camagüey, 1965-1968.](https://uncubanolibre.com/wp-content/uploads/2026/09/no-eran-unidades-de-castigo-umap-fidel-castro-1966-2006.jpg)
Entre 2003 y 2005, el periodista Ignacio Ramonet le preguntó a Fidel Castro por los campos donde, en los años sesenta, se había encerrado a homosexuales en Cuba. La respuesta está en Cien horas con Fidel, el libro que publicó en 2006 la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado:
«Sí le puedo garantizar que no hubo nunca persecución contra los homosexuales, ni campos de internamiento para los homosexuales».
Ramonet no se conformó: «Pero hay bastantes testimonios sobre eso».
Entonces Castro explicó. Contó que, al llegar el servicio militar obligatorio, había tres grupos a los que al principio no se llamaba: los que tenían muy poca escuela, los religiosos que no aceptaban las armas y los homosexuales. Y dijo: «Con aquellas tres categorías se crearon las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) […]. Eso es una realidad, fue lo que ocurrió». Y enseguida: «es cierto que no eran unidades de internamiento, ni eran unidades de castigo, al contrario, se trataba de levantar la moral, presentarles una posibilidad de trabajar, de ayudar al país en aquellas circunstancias difíciles».
La primera temporada de esta serie fue sobre lo que en Cuba no se cuenta. Esta va de otra cosa: de lo que sí se cuenta, pero contado de otra manera. La UMAP es el mejor ejemplo, porque aquí el régimen no ha callado. Ha dado su versión muchas veces. El problema es que la versión va cambiando, y que sus propios papeles la contradicen.
Lo que fueron
Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción funcionaron entre finales de 1965 y 1968, sobre todo en Camagüey. Hasta la revista Temas, que se edita en La Habana con aval oficial, lo resume así en un artículo de su director, Rafael Hernández, de 2015: el primer llamado fue a fines de noviembre de 1965, el segundo en junio de 1966, y «por las UMAP pasaron más de 25 000 reclutas». Los últimos salieron en junio de 1968. En total, escribe, «duraron dos años y siete meses».
Formalmente eran servicio militar, bajo la Ley 1129 del 26 de noviembre de 1963. En abril de 1966, el periódico El Mundo lo explicaba así, según el historiador Roberto Garcés Marrero, que revisó la prensa de la época en un artículo académico de 2019: «En la UMAP se ingresa por las llamadas al SMO, sus integrantes visten el uniforme del SMO y su disciplina es la del SMO». El nombre, decía el mismo artículo, lo había sugerido Fidel Castro.
Pero la idea de apartar a los que no inspiraban confianza venía de antes. Cuatro días antes de que se promulgara esa ley, un resumen semanal secreto de la CIA contaba que Raúl Castro les había dicho a representantes de la central sindical que los cubanos «políticamente poco confiables» irían a batallones de trabajo y no a unidades militares regulares, y describía la ley como «un nuevo e importante instrumento de control sobre la población». Es un documento desclasificado del gobierno de Estados Unidos, del 22 de noviembre de 1963.
Y el 13 de marzo de 1966, en la escalinata de la Universidad, el propio Castro habló de la UMAP de otra forma. Se refería a unas «pocas decenas» de sujetos que, según él, se hacían pasar por revolucionarios, y a los que llamó «lumpen revolucionario»; y dijo lo que les esperaba. Está en la versión taquigráfica oficial: «unos tendrán que ir a la cárcel por delito de tipo común […]; otros tendrán que ir al Servicio Militar; otros tendrán que ir a la UMAP, Unidades Militares de Ayuda a la Producción; y otros tendrán que ir a centros de rehabilitación». La taquigrafía anota aplausos.
La cárcel, la UMAP y la rehabilitación, en la misma lista. Cuarenta años antes de decir que no eran unidades de castigo, él mismo las nombraba entre los castigos.
La palabra que venía de antes
Tres años antes, el 13 de marzo de 1963, en el mismo lugar, Castro estaba hablando de los vagos cuando el público empezó a gritar. La taquigrafía lo anota así: «(DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Los flojos de pierna, Fidel!”, “¡los homosexuales!”)».
Castro recogió el grito. Habló de los muchachos con «pantaloncitos demasiado estrechos», con «actitudes “elvispreslianas”», que organizaban «sus shows feminoides», y dijo: «nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones». Un poco más adelante, en el mismo discurso: «consideramos que nuestra agricultura necesita brazos».
Ese discurso no habla de campos. Las UMAP llegaron dos años después. Pero la palabra ya estaba dicha desde la tribuna, con aplausos. Diecisiete años después, en la crisis de la embajada del Perú, Granma escribiría «¡Que se vayan los vagos!» y «¡Que se vayan los lumpens!».
Quiénes fueron
La versión de 2006 habla de tres categorías. La CIA, en un informe especial secreto del 30 de septiembre de 1966, lo contaba con menos rodeos.

Los que estuvieron allí cuentan más. Jaime Ortega Alamino era un sacerdote joven de Matanzas; años después sería cardenal. En 2014 lo recordó así, en palabras que recogió Martí Noticias: «Fueron 8 meses los que yo pasé allí». Y contó una escena: un día el político de la unidad les dijo a los reclutas que lo llamaran por el nombre o por el número. «Mi número era el 36». Los reclutas contestaron que no, que le iban a seguir diciendo Padre.
Pablo Milanés tenía 23 años. En 2015 le contó a El País que se fugó de su campamento, que lo siguieron 280 compañeros, y que fue a La Habana a denunciar lo que pasaba: «El resultado fue que me enviaron preso durante dos meses a la fortaleza de La Cabaña, y luego estuve en un campamento de castigo peor que las UMAP». El historiador Abel Sierra Madero recoge que Milanés recordaba la cerca: «catorce pelos de alambres de púas».
El escritor Ariel Hidalgo lo cuenta en su propia biografía: lo llevaron a un campamento de la UMAP, «que en realidad era una especie de campo de concentración con trabajo forzado. A los cuatro meses, cuando me dieron un pase de diez días, no regresé».
Los Testigos de Jehová, que se negaban a jurar la bandera y a tomar las armas, aparecen en casi todos los testimonios como los peor tratados. Uno de ellos, Luis Alcantur, lo contó en una publicación de su organización en 1981: «Se nos privó de alimento por 12 días consecutivos. Se nos daba agua solo una vez al día. Se nos mantuvo de pie, a merced del sol, la lluvia, los mosquitos y los jejenes». Tenía 19 años. Héctor Santiago, que estuvo en un campamento de homosexuales, se lo resumió en 2013 al investigador Joseph Tahbaz: con ellos fueron terribles, «pero te digo la verdad: comparado con los Testigos de Jehová, a ti te tratan como a una dama».
Sierra Madero, que entrevistó a exconfinados para su estudio sobre la UMAP, publicado en 2016 en la revista académica Cuban Studies, recoge castigos concretos que le describieron varios de ellos: enterrar al confinado en un hueco con la cabeza fuera durante horas, meterlo en un tanque de agua hasta que perdiera el conocimiento, amarrarlo de noche a un palo o a una cerca, a la intemperie.
En 1984, Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal reunieron a varios de ellos en el documental Conducta impropia. Uno cuenta cómo lo llamaron: «Me presenté a ese llamado del servicio militar y aquello fue un engaño. […] el gobierno llamaba a la gente como si fuera para el servicio militar». Otro recuerda la entrada de su campamento: «decía unidad militar 2269 y entonces tenía una pancarta enorme, un cartelón que decía: el trabajo os hará hombre». Y otro, sobre un grupo de Testigos de Jehová que se negaba a trabajar: «le dieron un bayonetazo a un muchacho que le rasgaron el pecho». Son testimonios, dichos casi veinte años después, y el documental no pone nombre a esos tramos; los cito como lo que son.
Lo que admitió el propio régimen
No hace falta un testimonio del exilio para saber que hubo golpes. Lo publicó la prensa oficial en 1966, con las unidades en pleno funcionamiento.
El 14 de abril de 1966, El Mundo explicaba que al principio «la situación era tan tirante, que algunos oficiales cometieron el error de perder los estribos. Por ejemplo, se registraron varios casos de tenientes que, exasperados por lo negativo de la conducta de ciertos muchachos, los abofetearon». Y Granma, ese mismo día: «algunos oficiales no tuvieron la paciencia necesaria ni la experiencia requerida y perdieron los estribos. Por esos motivos fueron sometidos a Consejo de Guerra». Las dos citas las da Garcés Marrero, con número y página de cada periódico; los periódicos originales no los he visto.
Ese mismo año, el 29 de agosto, Castro habló en público del trabajo de los presos y dijo: «¿Acaso van a convertir el país en un campo de concentración? ¿Y cuando van a hacer un plan de cualquier cosa, presos para allí con una cerca de alambre de púas? No, que la Revolución no significa el trabajo esclavista». No hablaba de la UMAP, y no la nombró. Pero lo dijo mientras los campamentos de Camagüey funcionaban, como describía la CIA un mes después, rodeados de alambre de púas.
Casi cincuenta años después, el oficial que se encargó de desmontar las UMAP, Felipe Guerra Matos, habló con Abel Sierra Madero. Según el resumen del historiador, le contó que en los campamentos se llegó a recluir a «unos treinta mil sujetos, entre ellos 850 homosexuales, aproximadamente». Y en otro momento de la conversación, con sus palabras: «Cometimos errores graves, castigos con los mariconcitos y se hicieron veinte cosas ahí […] Los ponían a mirar el sol, a contar hormigas […] Cualquier barbaridad que se le pudiera ocurrir a un oficial de poco cerebro. Yo tengo culpa también porque yo firmé reclutamientos».
La palabra es suya, no mía. La dejo porque dice más que cualquier análisis de cómo se veía desde el mando a los hombres que estaban allí.
Los psicólogos
En 1966 llegó a los campamentos un equipo de psicólogos. Una de ellas, María Elena Solé, se lo contó a Sierra Madero en 2012: primero entrevistaron a un centenar de homosexuales, y según el historiador, cuando el equipo volvió en 1967, «fueron entrevistados e investigados alrededor de ochocientos homosexuales». Los clasificaron del A1 al A4, según lo que llamaron conducta «afocante», y después los separaron del resto.
Solé explicó cómo se decidía la categoría: «El A2 es un A1, pero que le faltaba algo un poco, y el A3 era más A4, pero tenía algo bueno que se acercaba a la A1». Y añadió: «Eso era un poco subjetivo, ¿no?».
Algunos exconfinados insisten en que allí se llegó a usar el electroshock. Solé sostiene que las pruebas eran solo para «medir inteligencia». Héctor Santiago cuenta otra cosa: en 2015 dijo que «te aplicaban los electros o te inyectaban insulina para choquearte». No he encontrado un documento que lo pruebe ni uno que lo desmienta. Son dos testimonios, y los doy los dos.
Los papeles
En agosto de 2024, el periodista José Raúl Gallego publicó seis documentos sobre las UMAP que, según contó, le entregó una fuente que pidió anonimato. Los he leído en sus escaneos. Antes de citarlos, lo que hay que saber: nadie los ha autenticado, la mayoría no lleva firma, y no hay forma de comprobar de dónde salieron. Lo que sí puedo decir es que no encontré nada que no cuadre con la época, y que lo que cuentan coincide con lo que la psicóloga Solé le contó a Sierra Madero años antes de que aparecieran.
Uno de ellos, sin firma ni fecha, es un plan sobre los homosexuales de las UMAP. Propone separarlos en compañías según su actitud política: los «afines o vinculados con la Revolución», los «contra-revolucionarios que no se quieren ir del país» y los «contra-revolucionarios que se quieren ir del país». Propone un «Centro Modelo de Reeducación» donde se buscaría, en primer lugar, «borrar todo comportamiento amanerado o antisocial», y habla de un plan presentado al Comité Central «sobre profesiones vetadas a los homosexuales». Y dice qué pasaría con los reclutas revolucionarios que no declararan su homosexualidad al ser llamados y la manifestaran después en una unidad normal: «como castigo pasarán en el Bon. de Homosexuales UMAP (compañía A) antes de poder ir al Centro Modelo».
Como castigo. Esa es la palabra del documento.
Otro, fechado en la «Jefatura de las UMAP» el 4 de abril de 1967, «Año del Viet Nam Heroico», va dirigido al jefe de las UMAP y lo firma el soldado Enrique González Suárez. Empieza así: «Considerando no Aptos para formarse como Cuadros de nuestras FAR a los actuales integrantes de nuestras UMAP». Propone escuelas premilitares y deportes obligatorios, porque son «un medio eficaz para combatir los gestos y poses feminoides». Lo que se ganaría, escribe, es hacer útiles a la sociedad a «un grupo de individuos desviados o con tendencias a desviarse».
Un tercero es un informe sobre las religiones en Camagüey. De los Testigos de Jehová dice: «El grueso de las religiones llamadas a la UMAP ha correspondido a esta secta», y «los planes más agresivos de detención, desmoralización, enfriamiento, etc. han sido asimismo contra estos elementos». Y se queja de que los Testigos «han desatado una amplia campaña de despretigio contra la UMAP, tildándolas de campos de concentración», así, con la errata del original. Los tres están en la carpeta que enlaza la publicación de Gallego.
Cómo terminó
No hay un decreto de cierre. Nadie lo ha publicado, y Garcés Marrero, después de revisar la prensa de la época, lo resume así: a partir de 1968 esas unidades «fueron cerradas por razones desconocidas y nunca más fueron mencionadas en los escritos oficiales».
Lo que sí hay son testigos de cómo se llegó al cierre. Félix Sautié, que entonces era dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas, le contó a Sierra Madero en 2012 que a los campamentos mandaron a unos cincuenta jóvenes preparados para caer presos y ver desde dentro lo que pasaba: «esos cincuenta tipos se buscaron líos y cayeron presos en distintos campamentos de la UMAP». Al sacarlos, dice, «corroboramos la mayor parte de las cosas que se saben». Redactaron un informe, lo elevaron a la dirección del país, y Quintín Pino Machado, que era uno de los dirigentes de las UMAP y amigo suyo, dejó de serlo: «el informe lo golpeó y lo golpearon. Después vino la desarticulación».
Carlos Franqui, que había dirigido el periódico Revolución, cuenta en Conducta impropia otra parte. Sus amigos italianos Giangiacomo Feltrinelli y Valerio Riva, que preparaban con él un libro con Fidel Castro, le plantearon el tema al propio Castro, y hubo «una discusión muy violenta». Según Franqui, Castro defendió que el país necesitaba hombres fuertes, «pero admitió que había una persecución muy grande, que en la UMAP no solamente se habían llevado homosexuales o disidentes o religiosos, sino que habían sido maltratados físicamente, y se comprometió […] a que la UMAP iba a desaparecer». Es el recuerdo de un hombre que ya había roto con Castro, sin fecha y sin testigos que lo confirmen por escrito. Pero si es cierto, en los años sesenta Castro admitió en privado lo que en 2006 negó en público.
Un informe de la CIA de 1974 lo cuenta desde fuera: la UMAP despertó tanto rechazo que se suspendió el «reclutamiento» y se dejó que el sistema muriera de muerte natural; hacia mediados de 1968, los que quedaban pasaron a unidades militares regulares a terminar sus tres años.
Cuántos
El régimen nunca ha publicado una cifra; ha mantenido esos números en secreto. Estas son las que circulan, y de dónde sale cada una.
| Cifra | Quién la da, y qué hay detrás |
|---|---|
| «Unos 30.000» | Paul Kidd, corresponsal canadiense, en un despacho de noviembre de 1966. Estimación sin fuente declarada; la he leído en una transcripción, no en el periódico original. |
| 25.000 a 30.000 | La CIA, en una guía de propaganda de febrero de 1967, a partir de relatos de refugiados. |
| «Más de 30,000» | Una denuncia que la CIDH transcribe en su informe de abril de 1967. Es la cifra del denunciante, no de la Comisión. |
| «Más de 25 000» | Rafael Hernández, director de la revista Temas, en La Habana, en 2015. No cita de dónde sale. |
| «Unos treinta mil», de ellos 850 homosexuales | Felipe Guerra Matos, el oficial que desmontó las unidades, a Abel Sierra Madero en 2014, según el resumen del historiador. Es su memoria, no un registro. |
| 35.000 | Norberto Fuentes y Juan Vivés, presentados como ex agentes de inteligencia por Joseph Tahbaz, que los cita. No he podido leer sus libros. |
| «Probablemente nunca pasó de 45.000» | La CIA, en un informe de 1974. Es un techo, no un recuento. |
| «Más de 40.000» y, en 2018, «50 mil» | Pablo Milanés, que estuvo allí, en El País y en La Tercera. El mismo testigo, dos cifras. |
| «Más de 60.000» homosexuales | Virgilio Piñera a Juan Goytisolo en La Habana en 1967, según cuenta Goytisolo en Conducta impropia. Lo que se decía en voz baja. |
Las más altas no hay que tomarlas por mentiras: son lo que se decía en una isla donde nadie publicaba nada. Pero no se pueden usar como dato. Las demás coinciden en algo: entre veinticinco mil y treinta y cinco mil hombres. La cifra que más pesa es la de Guerra Matos, porque no la da un enemigo del régimen, sino el oficial que se encargó de cerrar las unidades.
Sobre los muertos no puedo darte un número. Circulan setenta muertos por torturas, 180 suicidios y unos quinientos enviados a hospitales psiquiátricos, y todo viene de dos libros que cita Tahbaz, de Norberto Fuentes y de Juan Vivés, que no he podido leer. Con nombre y fecha se conocen pocos: en 2013, Archivo Cuba tenía documentados nueve casos de ejecuciones extrajudiciales o deliberadas y de desapariciones relacionados con las UMAP, según Manuel Zayas en Diario de Cuba. Uno es Ramón Lamadrid, de 18 años. Se había fugado de un campamento en Camagüey, le dispararon al salir de casa de su madre en Marianao el 24 de enero de 1966, y murió dos semanas después en el Hospital Naval. Lo cuenta un amigo suyo; Archivo Cuba lo da por confirmado con fuentes primarias.
La versión oficial, año por año
En 2006, en Cien horas con Fidel, Castro dice que no hubo campos de internamiento, que «no eran unidades de internamiento, ni eran unidades de castigo». Sobre cuánto duraron: «No le podría decir ahora cuántos años duró eso, si duró seis o siete años». Y añade: «la parte de responsabilidad que me corresponda la asumo».
La edición revisada del libro, que es la que se tradujo al inglés en 2007, cambia ese pasaje. Añade que en una visita a Camagüey él mismo se dio cuenta de «the distortion the original plan had been subjected to», la distorsión que había sufrido el plan original, que pidió personalmente revisarlo, y que esas unidades «lasted only about three years», duraron solo unos tres años. El traductor, Andrew Hurley, advierte en su nota que para esa segunda edición Castro hizo cambios en decenas de casos, y que su efecto era suavizar un juicio, evitar algo políticamente incorrecto o ser más diplomático. De seis o siete años a tres, y con un Castro que ahora las corrige.
En 2010, en una entrevista con Carmen Lira Saade en La Jornada, fechada en La Habana, Castro dice: «fueron momentos de una gran injusticia, ¡una gran injusticia!». Y asume la responsabilidad: «Si alguien es responsable, soy yo». Pero la responsabilidad que asume es la de no haber prestado atención: «teníamos tantos y tan terribles problemas, problemas de vida o muerte, ¿sabes?, que no le prestamos suficiente atención». Como excusa habla de la Crisis de Octubre, que fue en 1962, tres años antes de que existiera la UMAP. En toda la entrevista, ni él ni la periodista dicen la palabra UMAP.
Mariela Castro, hija de Raúl y directora del Centro Nacional de Educación Sexual, le dijo a La Jornada en 2011: «No es tal cual como se ha contado. No todas las UMAP tuvieron los mismos comportamientos. No en todas había directores homofóbicos». Y anunció que el CENESEX iba a investigar el tema; no he encontrado ningún resultado publicado de esa investigación. En 2013, en una entrevista con Salim Lamrani, fue más lejos: «Fidel Castro no desempeñó un papel en la creación de las UMAP». Tres años antes, él había dicho «Si alguien es responsable, soy yo».
En 2020, en un programa de YouTube, según Diario de Cuba, Mariela Castro dijo: «La manera de recoger a las personas fue terrible». Pero se lo atribuyó a otro ministerio: «Eso fue un trabajo que se hacía desde el Ministerio del Interior (MININT), no era compatible con lo que habían decidido las Fuerzas Armadas». Y en 2023, según el mismo periódico: «ningún campo de concentración en Cuba contra los LGBT». Y: «Eran centros de servicio militar».
La prensa oficial va en otra clave. En noviembre de 2022, Cubadebate publicó una columna firmada por Javier Gómez Sánchez que habla del «carácter erróneo» de las UMAP y de un «tema tabú», y concluye: «Los aspectos lamentables de las UMAP no pertenecen a las esencias de nuestra Revolución». EcuRed, la enciclopedia del Estado cubano, no tiene una entrada sobre la UMAP; la menciona en la ficha de una película, con un texto de Pedro de la Hoz, como «episodio afortunadamente superado en breve tiempo».
Puestas en fila, las versiones no se sostienen unas a otras. Eran castigo en la lista de Castro de 1966 y no lo eran en su libro de 2006. Duraron seis o siete años en la primera edición y tres en la segunda. Fueron una gran injusticia en 2010, algo en lo que Castro no tuvo papel en 2013 y centros de servicio militar en 2023. La culpa fue de la falta de atención, después del Ministerio del Interior, después de nadie.
Lo que hay que contar aunque no me guste
Sobre la UMAP circulan cosas que no se sostienen, también de nuestro lado. Si no las señalo yo, las usará el primero que quiera tumbar todo lo demás. Y hay cosas que el régimen hizo y que tampoco caben en el cuadro fácil. Son las dos que siguen.
La primera: la documentación de las UMAP es más débil de lo que suele decirse, y hay que saber leerla. El informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de 1967, que se cita como si hubiera condenado las UMAP, en realidad transcribe una denuncia: la Comisión presenta ese capítulo como «el texto de algunas de las denuncias recibidas». Las palabras «igual a la esclavitud» y «verdaderos campos de concentración» son de esa denuncia, no de la Comisión. El documento de la CIA de 1967 que calcula entre 25.000 y 30.000 internos es una guía de propaganda, hecha con relatos de refugiados. Los documentos que se filtraron en 2024, casi todos sin firma, nadie los ha autenticado: los cito como lo que son, y ninguna conclusión de este artículo depende solo de ellos.
La historia tan repetida de que Raúl Castro copió el modelo de Bulgaria sale, que yo haya podido encontrar, de lo que cuenta Heberto Padilla en Conducta impropia: que en un viaje a Bulgaria a Raúl le dijeron que allí tenían «un campo aparte» para los homosexuales. Padilla no dice quién se lo contó a él, y no hay un documento que lo respalde. Circula también una descripción del «hombre nuevo» del Che como «heterosexual, monógamo y austero». Suena a él, pero no es suya: la frase es de Carlos Alberto Montaner, como recoge ABC, y en el texto del Che no aparece ninguna de esas tres palabras. Y las cifras de muertos, como ya dije, no las he podido comprobar. Todo eso se usa mucho, y mal. Yo no lo voy a usar así.
La segunda: no todo fue igual en todas partes, y el régimen acabó reaccionando. Jaime Ortega, que estuvo ocho meses, dijo en 2014: «No creo que me marcara negativamente en el sentido de tener después recelos y rencores». Su propia prensa contó en 1966 que hubo oficiales llevados a consejo de guerra por pegarles a los reclutas. Mandaron infiltrados a ver qué pasaba, y en 1968 cerraron. Y Fidel Castro llegó a decir «una gran injusticia», que es más de lo que su gobierno ha dicho nunca del remolcador 13 de Marzo, al que llamó accidente. Eso hay que decirlo.
Pero ninguna de esas dos cosas cambia lo que sí está probado: que decenas de miles de hombres fueron enviados a trabajar en el campo, bajo disciplina militar, detrás de una cerca, por ser homosexuales, religiosos o sospechosos, sin juicio; y que eso lo cuentan las víctimas, la prensa del propio régimen en 1966, el oficial que cerró los campamentos y el hombre que los creó.
Lo que quedó después
El cierre no fue el final. Once años después de desmontadas las UMAP, el Código Penal de 1979, la Ley 21, castigaba con tres a nueve meses de cárcel, o multa, a quien «haga pública ostentación de su condición de homosexual», y a quien realizara actos homosexuales en un lugar privado donde pudieran ser vistos. El Código de 1987, en vigor desde 1988, pasó a castigar a quien «importune a otro con requerimientos homosexuales», y la palabra no salió de ese artículo hasta el Decreto-Ley 175 de 1997.
En 1992, con ese artículo vigente, Castro le dijo a Tomás Borge, en Un grano de maíz, que jamás había apoyado políticas contra los homosexuales. No habló de la UMAP, que no aparece en todo el libro. Habló de los homosexuales.
Hoy Cuba tiene una Constitución que prohíbe en su artículo 42 la discriminación por orientación sexual e identidad de género, y un Código de las Familias que reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo, aprobado en referendo en 2022 con el 66,85 % de los votos válidos. Es verdad. Pero ninguna de esas dos normas menciona la UMAP. Y el mismo Estado que aprobó el matrimonio igualitario interrumpió en mayo de 2019 una marcha independiente de activistas LGBTI en La Habana: a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos le informaron de que al menos cinco activistas y tres periodistas independientes fueron detenidos.
No hay un archivo abierto de las UMAP: Abel Sierra Madero dice que tuvo que hacer «una historia de las UMAP sin archivo oficial». No hay una lista de los que pasaron por ellas, ni una cifra oficial de cuántos fueron ni de cuántos murieron. No he encontrado ninguna disculpa oficial. Pablo Milanés seguía esperándola en 2015: de aquello, dijo, no hubo «ninguna justificación ni explicaciones, y mucho menos el perdón que estoy esperando que pida el Gobierno cubano». Hay, en cambio, una versión oficial que no ha dejado de cambiar.
Termino con el número 36. Cuando el político de la unidad les dijo a los reclutas que al sacerdote había que llamarlo por el número o por el nombre, ellos contestaron: «No, le vamos a seguir diciendo Padre, porque él es nuestro Padre».
A los hombres los mandaron allí con un número. Lo que sabemos de ellos lo sabemos porque algunos se negaron a quedarse solo con eso.
Siguiente episodio. «Aquí ni siquiera se ha llamado bandido a nadie»: el Escambray: seis años de guerra en el Escambray, la palabra «bandidos» que llegó después, lo que dicen los papeles de la CIA sobre los «mercenarios» y las familias que el Estado sacó de sus montañas.
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