Serie «Historia de Cuba» · Temporada 1, episodio 4

El 7 de abril de 1980, Granma publicó en primera plana un editorial sobre lo que estaba pasando en la embajada del Perú. Terminaba así:
«¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpens! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!»
Eso no lo gritó un vecino con la sangre caliente. Lo imprimió el periódico del Partido Comunista de Cuba. Poco más de tres semanas después, el 1 de mayo, Fidel Castro dijo en la Plaza de la Revolución que «quien no tenga genes revolucionarios, quien no tenga sangre revolucionaria […] no los queremos, no los necesitamos». La versión taquigráfica oficial de ese discurso recoge lo que coreaba el público: «¡Que se vayan!», «¡Abajo la escoria!», «¡Pim, pom, fuera, abajo la gusanera!».
Del Mariel casi todo el mundo recuerda la cifra: unos ciento veinticinco mil cubanos cruzaron el estrecho de la Florida entre abril y septiembre de 1980. Este episodio no va de la cifra. Va de lo que les pasó a esas personas antes de poder subir a un barco: cómo el Estado cubano convirtió a los vecinos en turba, qué palabra les dio para hacerlo, y por qué eso no se acabó en 1980.
Tiene nombre: acto de repudio. Y tiene método.
La puerta abierta
El 1 de abril de 1980, un chofer desempleado de 31 años, Héctor Sanyustiz, y cinco amigos y familiares estrellaron una guagua contra la verja de la embajada del Perú, en Miramar. Lo cuenta Mirta Ojito, que salió de Cuba por el Mariel, en una crónica que publicó en The New York Times Magazine en el año 2000. Los soldados que cuidaban la embajada abrieron fuego. Sanyustiz y uno de sus acompañantes quedaron heridos. Y murió un custodio cubano, Pedro Ortiz Cabrera, de 27 años.
Cómo murió es lo primero que no está claro. Lo cuento más abajo, con todas las versiones, porque sobre esa muerte el régimen construyó todo lo que vino después.
El viernes 4 de abril, que era Viernes Santo, el gobierno retiró la custodia de la embajada. La declaración del Gobierno Revolucionario que publicó Granma ese día, en la versión inglesa que recoge Alex Larzelere, el capitán de la Guardia Costera de Estados Unidos que escribió la historia del éxodo, anunciaba que desde ese momento los funcionarios de la embajada serían los únicos responsables de lo que pasara dentro, y decía que Cuba no podía proteger embajadas que no cooperaban con esa protección.
No fue un descuido. El 1 de mayo, en la Plaza, lo dijo el propio Castro: «Sencillamente le retiramos la custodia a la embajada y nosotros sabíamos lo que iba a pasar». Está en la versión taquigráfica oficial de su discurso.
Lo que pasó entonces lo cuenta Larzelere en su libro, que hoy publica en su web la Oficina del Historiador de la Guardia Costera: en las 38 horas que la embajada estuvo sin guardias entraron más de diez mil personas, hombres, mujeres y niños, en un terreno «un poco más grande que un campo de fútbol americano». El libro da dos cifras distintas en dos páginas, 10.856 y 10.865, y la Casa Blanca habló de 10.800. Las cifras bailan unas decenas. Lo que no baila es que eran más de diez mil.
Granma escribió otra cosa. Que a las 48 horas «eran más de tres mil», y que eran «delincuentes, lumpens, antisociales, vagos y parásitos en su inmensa mayoría». Y añadió una frase que retrata aquellos años mejor que cualquier análisis: «Aunque en nuestro país no se persigue ni hostiga a los homosexuales, entre los que se alojaron en el patio de la embajada peruana había no pocos de ellos».
Dentro, las condiciones fueron terribles. La gente se comió los mangos verdes de los árboles, después la fruta bomba, y después las hojas de las matas. Con el calor y la lluvia, escribe Larzelere, «el hedor a orina y excremento lo invadía todo». El Domingo de Resurrección nació allí dentro un niño. Le pusieron Perú.
Afuera, junto a la cerca, se juntaron partidarios del gobierno. Según la versión en inglés que recoge Larzelere, gritaban «¡Escoria! ¡Escoria! ¡Arriba los trabajadores! ¡Abajo los delincuentes, que se vayan al Perú!», y tiraban palos y piedras contra una multitud tan apretada que no podía apartarse. Hubo nueve heridos.
El gobierno ofreció salvoconductos para que la gente volviera a su casa a esperar la salida. Con todo lo que había dentro, solo 1.730 personas los aceptaron el primer día. Tenían miedo de no poder volver a entrar. Y tenían miedo de los partidarios del gobierno que esperaban al otro lado de la cerca, a los que Larzelere llama «bully boys»: los matones.
A mediados de abril empezó un puente aéreo hacia Costa Rica. En dos días salieron 678 personas. Al tercer día, Costa Rica anunció que suspendía los vuelos a petición de Cuba. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos lo explica sin rodeos: el gobierno cubano detuvo la evacuación «por su desacuerdo con la publicidad que estaban recibiendo los aviones que llegaron a Costa Rica».
La palabra
Una turba necesita una palabra que le dé permiso. En la primavera de 1980 esa palabra fue escoria, y no la inventó la calle. Bajó de arriba.
Ya estaba en el editorial del 7 de abril. El 1 de mayo, Castro la llevó a la Plaza: «¡Ese, ese es este pueblo, no los lumpens que quieren presentar como imagen del mismo, no la escoria que se alojó en la embajada de Perú!». En ese mismo discurso habló de «este odio que se ha expresado contra el vago, contra el parásito, contra el lumpen, contra el antisocial», y lo presentó como una fuerza que había que aprovechar, no como un problema. Y dejó claro quién sabía quién era quién en cada cuadra. Hablando de los que se habían colado en la embajada, dijo: «Ustedes lo saben, los Comités saben eso bien, mejor que nadie».
Hay una frase suya que circula mucho: «no los queremos, no los necesitamos». La dijo, y se le oye en un fragmento en video de aquel discurso. Hay además una prueba de la época: el servicio de monitoreo del gobierno de Estados Unidos, que tradujo la transmisión en directo de la radio cubana, escribió «We do not want them; we do not need them» en ese mismo punto del discurso. Pero la versión taquigráfica oficial, la que guarda el Consejo de Estado, dice otra cosa: «no lo necesitamos en nuestro país». El «no los queremos» no está. En un artículo sobre las palabras del régimen, eso también cuenta: la versión que el propio Estado conserva de aquel discurso no dice lo que se oyó en la Plaza. Lo que sí hay que corregir es otra frase que circula: el famoso «¡que se vayan!» lo coreaba el público; en la versión oficial, Castro dice «que se marche».
En septiembre, en el aniversario de los CDR, Castro todavía hacía chistes con la palabra: «Este año se han hecho las mayores limpias en todo el período revolucionario, me refiero, no a la limpia de la escoria que fue gigantesca, me refiero a la limpia de la caña». La taquigrafía anota: risas.
La Comisión Interamericana lo dejó por escrito en 1983, en su séptimo informe sobre Cuba: «En lenguaje oficial y en las demostraciones públicas los cubanos que se unieron al puente marítimo fueron bilipendiados [sic] como escoria y anti-patriotas».
Si leíste el primer episodio de esta serie, reconoces el mecanismo. Allí la palabra era accidente, y servía para que un crimen no pareciera un crimen. Aquí la palabra es escoria, y sirve para que el vecino deje de parecer un vecino.
El método
Un acto de repudio no era espontáneo. Tenía convocatoria, tenía organización y tenía las direcciones.
La propia CIDH lo describe en ese informe de 1983: «En 1980 se convocaron los Comités de la Defensa de la Revolución para organizar “asambleas de repudio”, donde los miembros podían expresar su disgusto a los vecinos que querían salir del país. Algunas veces estas reuniones estallaron en actos de violencia contra los posibles emigrantes».
El trámite de salida entregaba a la gente. Para irse había que pedir la baja en el centro de trabajo o de estudio, y los desempleados la pedían en el CDR. Como escribió en Cubanet Roberto Jesús Quiñones Haces, ese era «el requisito indispensable para obtener el permiso de salida que permitía a las turbas interceptar a los solicitantes para atacarlos».
Mirta Ojito cuenta cómo era: a las víctimas les tiraban piedras, tomates y huevos, les rompían las ventanas, les tumbaban las puertas. Y cuenta una escena que para mí explica el método entero. El día que los agentes llegaron a su casa para sacarlos del país, el que estaba al mando se volvió hacia una vecina y le preguntó: «¿Por qué no llama a los demás vecinos y les organiza algo a esta gente?». Ese algo era un acto de repudio. Lo pedía un funcionario. Lo tenía que poner el barrio.
Es la cara pública de algo que ya conté en otro artículo: un sistema que lleva sesenta años premiando la delación. La delación se hace en voz baja. El acto de repudio es la delación a gritos, delante de la casa.
Ni los artistas quedaban fuera, ni de un lado ni del otro. En 1980, el trovador Mike Porcel, el autor de «Ay, del amor», decidió irse por el Mariel. Sus propios compañeros de la Nueva Trova le hicieron un acto de repudio frente a la casa de sus padres. Porcel lo contó así, cuarenta años después, en la televisión de Miami, según recogió Diario de Cuba: «Ellos llegaron, armaron el acto de repudio con el CDR de la casa de mis padres, con autobuses y todo, perfectamente organizado».
En 2020, Silvio Rodríguez reconoció en los comentarios de su blog, Segunda Cita, que estuvo allí: «Caminé hacia el portal de la casa y allí susurré una palabra», recogió 14ymedio. Tony Pinelli, que entonces era de la dirección nacional de la Nueva Trova, cuenta otra cosa: que Silvio se acercó al micrófono, «había un micrófono», y le dijo «Traidor». Eduardo Ramos, otro músico de aquel grupo, lo contó años después en una entrevista con el realizador Juan Vilar: gritarle traidor a Porcel fue, dijo, «la única cosa de la que yo me he arrepentido en mi vida».
No sé cuál de las dos versiones sobre Silvio es la verdadera, y no me hace falta saberlo. Lo que importa de este caso no es qué palabra dijo cada uno. Es la frase de Porcel: con el CDR, con guaguas, perfectamente organizado.
Y el 19 de abril, el Estado organizó el acto de repudio más grande de todos: la Marcha del Pueblo Combatiente, que desfiló por la Quinta Avenida frente a la misma embajada. Según Granma, «más de un millón de cubanos» durante 13 horas y 17 minutos. No hay ningún recuento independiente de esa cifra. Es la del propio régimen, y además estaba escrita antes de la marcha: el 15 de abril, Granma ya anunciaba en primera plana que «un millón de cubanos» desfilarían el día 19 frente a la embajada.
El 2 de mayo, el método llegó hasta la puerta de Estados Unidos. Casi 800 ex presos políticos y sus familias se habían reunido frente a la Sección de Intereses para tramitar su salida. Según la edición oficial de los documentos diplomáticos de Estados Unidos, llegó un grupo de civiles progubernamentales y empezó a agredirlos. Unas 400 personas se refugiaron dentro del edificio mientras la turba se juntaba afuera.
Dos días después, la noche del 4 de mayo, un alto funcionario cubano, José Luis Padrón, habló en privado con el jefe de la Sección, Wayne Smith. Smith lo resumió al día siguiente en un telegrama a Washington: Padrón aludió a una violencia generalizada, algo que el propio Smith llamó «una admisión asombrosamente franca», y reconoció, siempre según ese resumen, que los ánimos estaban muy caldeados y que estaban pasando cosas lamentables. En público, el discurso era otro. El 26 de julio, en Ciego de Ávila, Castro dijo que «hubo que hacer muchas exhortaciones al pueblo para que no liquidara al lumpen; pero no se les tocó un pelo». Admite y niega en la misma frase.
¿Hubo muertos en los actos de repudio? Mirta Ojito escribe que sí, que a algunos los arrastraron por las calles. Yo no he podido encontrar ni un solo caso con nombre, fecha y fuente que se pueda comprobar, así que no voy a escribir una cifra.
El Mariel
El 21 de abril llegaron a Cayo Hueso los dos primeros barcos, el Dos Hermanos y el Blanche III, con 48 cubanos. En los cinco meses siguientes llegaron a Estados Unidos 124.776 personas, según la historia de la Guardia Costera. La CIDH habla de «aproximadamente 125.000». Cuba suspendió las salidas por el Mariel el 25 de septiembre. Según los documentos del Departamento de Estado, Castro solo garantizaba que el puerto seguiría cerrado hasta el 4 de noviembre, que era el día de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Después, dijo, revisaría la situación.

En el mar murieron al menos 27 personas. Es la suma de los casos que documentó la Guardia Costera, y es un mínimo, no un total: los barcos que desaparecieron sin que nadie los registrara no están en ninguna tabla. El peor naufragio fue el del Olo Yumi, una lancha de recreo de 35 pies con 52 personas a bordo. Se hundió el 17 de mayo al norte del Mariel. Murieron 14; la Guardia Costera rescató a 38.
Ese barco une las dos mitades de esta historia. Según Larzelere, lo cargaron guardias cubanos con refugiados de la embajada del Perú, y llevaba chalecos salvavidas solo para la mitad. Es decir: catorce de las personas que habían pasado por aquel patio murieron en el estrecho.
El 5 de mayo, Jimmy Carter dijo que Estados Unidos seguiría ofreciendo «el corazón y los brazos abiertos a los refugiados que buscan libertad de la dominación comunista». Nueve días después cambió de rumbo: anunció multas, procesos y la incautación de los barcos que trajeran gente de forma ilegal, y acusó a Castro de haber sacado «de la cárcel a criminales endurecidos».
Lo que hay que contar aunque no me guste
Si me salto esto, el artículo no vale nada. Son dos cosas.
La primera: es verdad que el régimen metió en los barcos a gente sacada de las cárceles y de los hospitales psiquiátricos. Lo denunció Carter, lo documentan los papeles internos del gobierno de Estados Unidos, y la CIDH lo escribe entero: «El Gobierno cubano colocó a estas personas en botes en contra de la voluntad, o por lo menos en contra de la intención de los propietarios de los botes, pero esto por cierto no fue hecho en contra de la voluntad de los presos o ninguno de los otros considerados como elementos “indeseables”».
La segunda mitad de esa frase importa. A muchos presos se les dio a elegir. Un testigo le contó al Congreso de Estados Unidos, según recoge Larzelere, que las autoridades de la prisión le dieron a escoger entre firmar su salida hacia Estados Unidos o que lo condenaran a cuatro años más de cárcel.
Pero hay que mirar las cifras. El Servicio de Inmigración clasificó como delincuentes graves, por asesinato, violación o robo, a 1.761 personas: el 1,4 % de los que llegaron. Otras 23.927 personas, el 19,1 %, habían estado presas, pero en ese grupo entraban los delitos menores y unos 2.000 presos políticos. Y el grupo de trabajo que el gobierno de Estados Unidos creó para los recién llegados explicó qué quería decir «antecedentes» en Cuba: la inmensa mayoría había estado presa por cosas que en Estados Unidos no llevan a nadie a la cárcel. Sus ejemplos: actividad contrarrevolucionaria, negarse a trabajar, negarse a entrar en el Partido Comunista o en el ejército, infracciones de tránsito, vagancia, juego, beber, pelearse y robos pequeños.
En agosto de 1980, los papeles internos de Washington hablaban de 1.700 criminales y 1.500 personas con trastornos emocionales ya identificados, y calculaban que podían llegar a 5.000 o 7.000 las personas que querían excluir. En diciembre de 1984, Cuba aceptó que le devolvieran a 2.746 «excluibles», el 2,2 % de los que llegaron. Pero ojo con esa cifra, que se usa mucho: según la Casa Blanca, en esa lista entraban los que habían confesado delitos graves en Cuba, los que habían cometido delitos graves ya en Estados Unidos y los que sufrían trastornos mentales severos. No es la cuenta de lo que mandó Castro.
Esa es la verdad incómoda completa. Hubo delincuentes, el régimen los mandó a propósito, y fueron una fracción pequeña. Con esa fracción, el régimen le puso la etiqueta a todos.
La segunda: Pedro Ortiz Cabrera murió. Eso es un hecho, y era un hombre de 27 años. Cómo murió no se sabe. Larzelere escribe que, cuando la guagua aceleró hacia la verja, los guardias cubanos abrieron fuego, y que el custodio murió alcanzado por una bala de rebote, sin decir de quién era. Ojito escribe que dispararon los soldados. El propio Fidel Castro, en septiembre de 1980, lo llamó «el accidente en que pierde la vida un combatiente nuestro».
Y Granma lo ha contado de dos maneras. En el editorial de 1980 escribió que el soldado murió «mientras cumplía su abnegado deber», sin decir quién disparó. Cuarenta años después, en un artículo de 2020, el mismo periódico lo afirma sin dudar: «Disparan y asesinan al custodio».
No sé de quién era la bala. Nadie lo ha probado. Lo que sí sé es que tres días después el régimen retiró la custodia de la embajada, con esa muerte de fondo, y que el editorial de Granma de 1980 no acusa a nadie de haberlo matado. La acusación de asesinato aparece, sin pruebas, en el Granma de 2020.
El método sigue
Circulan videos que ponen a las Brigadas de Respuesta Rápida en las calles de 1980. Es un error: según Americas Watch, esas brigadas fueron algo nuevo en 1991. Lo que no era nuevo era el método. Ese mismo año, en noviembre, una turba de civiles y decenas de agentes armados de la Seguridad del Estado, quizás doscientas personas, rodeó la casa de la poeta María Elena Cruz Varela.
El 15 de marzo de 2008, las Damas de Blanco marchaban con gladiolos por La Habana para exigir la libertad de 55 presos políticos. Una muchedumbre les gritó «terroristas», «prostitutas», «asesinas», «mercenarias» y «bastardas».
En noviembre de 2009, en el Vedado, le hicieron un acto de repudio al periodista Reinaldo Escobar, de 62 años, en una esquina donde la Unión de Jóvenes Comunistas había montado una actividad. La muchedumbre gritaba «pin-pon fuera, abajo la gusanera». Es el mismo coro que la taquigrafía oficial recoge en la Plaza el 1 de mayo de 1980. Veintinueve años después, la misma letra.
En su informe sobre 2010, el Departamento de Estado lo describió así: «Aunque el gobierno presentaba las turbas como espontáneas, los participantes llegaban con frecuencia en vehículos del Estado o los reclutaban dirigentes locales del Partido en centros de trabajo o escuelas cercanos».
El 11 de julio de 2021, con miles de cubanos protestando en la calle, Miguel Díaz-Canel dijo: «La orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios». No dijo «acto de repudio». No le hizo falta.
Y en su informe anual de 2022, la CIDH vuelve a anotar «actos de repudio y hostigamiento» entre los actos de represión en torno a la protesta cívica convocada para el 15 de noviembre de 2021, y recoge la preocupación del Comité contra la Tortura de la ONU por los «“actos de repudio” frente a los domicilios, lugares de trabajo o estudio de opositores políticos».
Cuarenta y dos años después, el mismo nombre para lo mismo.
Lo que queda
En el primer episodio de esta serie la palabra era accidente. En el tercero, lo que faltaba era una lista. En este, lo que sobra es una palabra. Escoria sirvió para que un pueblo le tirara huevos a su vecino sin sentir que se lo estaba haciendo a un vecino, y para que ciento veinticinco mil personas cargaran durante años un nombre que les puso el Estado.
Termino con la vecina de Mirta Ojito, porque ella explica por qué el método necesita tanto esfuerzo. Cuando el agente le pidió que organizara algo contra esa familia, aquella mujer, que había peleado en la Sierra Maestra, tenía grado de teniente y estaba casada con un coronel, lo miró a los ojos y le dijo: «A esta familia no la toca nadie. Yo he visto crecer a estos muchachos». Después le pidió las fotos de los niños para guardarlas. Y cuando el agente no miraba, escondió debajo de la bata el radio que los padres de Mirta le habían regalado por sus dieciséis años.
El acto de repudio necesita que el vecino obedezca. Aquella vez, en aquella casa, no obedeció.
Siguiente episodio. «No eran unidades de castigo»: la UMAP: empieza la temporada 2. Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, 1965-1968: lo que Fidel Castro dijo de ellas en 1966, lo que dijo en 2006, y una versión oficial que no ha dejado de cambiar.
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